Acuerdos de Oslo: ¿qué establecieron para Israel y Palestina?

Firmados en la década de 1990 con mediación de Estados Unidos, los Acuerdos de Oslo inauguraron una negociación directa entre Israel y la OLP que prometía una solución al conflicto, pero dejó sin resolver las cuestiones centrales y consolidó un esquema de ocupación que debía ser transitorio pero se convirtió en el nuevo status quo. 

28 de enero, 2026 | 19.27

Los Acuerdos de Oslo fueron una serie de acuerdos diplomáticos entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), firmados durante la década de 1990, destinados a iniciar un proceso de paz y de negociación directa para resolver el conflicto entre israelíes y palestinos. Presentados en su momento como un punto de inflexión histórico, con el paso del tiempo se convirtieron en uno de los procesos más cuestionados por su incapacidad para resolver las causas estructurales de la disputa y hacer de la ocupación militar el nuevo status quo.

Con mediación de Estados Unidos, el 13 de septiembre de 1993 ambas partes firmaron el primero de los acuerdos con los que se buscó terminar con un conflicto centenario, que se intensificó a partir de la creación del Estado de Israel y el fin del mandato británico en Palestina.

El antecedente de Camp David y el contexto

Los Acuerdos de Oslo tienen una estrecha vinculación con los de Camp David de 1978, firmados entre Israel y Egipto tras la Guerra de Yom Kippur, que derivó en una victoria y expansión territorial israelí. En ambos casos, Estados Unidos actuó como mediador central y el conflicto palestino fue incorporado a la negociación. Aunque en el segundo de manera indirecta y subordinada: sin reconocimiento de la OLP y sin contemplar la creación de un Estado palestino. Ambos también comparten el esquema gradual, que postergó las cuestiones de fondo.

Camp David incluyó el “Marco para la Paz en Medio Oriente”, que estableció “autonomía” palestina limitada, un período transitorio y negociaciones futuras sobre el estatus final. Y aunque en gran medida nunca se implementó, sentó un antecedente clave.

Para comienzos de los años noventa, sin embargo, el escenario había cambiado de manera significativa. La OLP tenía ya más de 25 años de existencia, contaba con reconocimiento de la ONU y de numerosos Estados, y era considerada la representante legítima del pueblo palestino

Al mismo tiempo, atravesaba una etapa de debilidad política y financiera. Además del exilio prolongado de sus dirigentes (principalmente en Túnez), la debacle de la Unión Soviética los dejó sin uno de sus aliados claves luego de haber perdido el apoyo regional debido al respaldo a Saddam Hussein en la primera guerra del Golfo. A eso hay que sumarle que debía evitar ser desplazada por actores emergentes como Hamas.

En ese contexto, el rol de Estados Unidos resultó decisivo. Aliado estratégico de Israel y vencedor de la Guerra Fría, Washington se consolidó como árbitro casi exclusivo del proceso, una posición que más tarde sería duramente cuestionada por su falta de neutralidad.

En cuanto a Israel, aunque llegó a esa instancia con una relativa fortaleza y presencia militar en los territorios ocupados desde 1967, también ponía cosas en juego: la primera Intifada (1987–1993) demostró que la ocupación no era “administrable” indefinidamente y el control directo de esos territorios implicaba costos militares, económicos, políticos y hasta morales, pues las imágenes de represión afectaban su imagen internacional.

Ese diagnóstico fue compartido por parte de la dirigencia, entre ellos el entonces primer ministro y ex militar Yitzhak Rabin, quien fue visto como un traidor por la extrema derecha y hasta le costó la vida (fue asesinado por un extremista israelí que le disparó por la espalda tras un acto celebratorio de los procesos de paz).

Fui hombre de armas durante 27 años. Mientras no había oportunidad para la paz, se desarrollaron múltiples guerras. Hoy estoy convencido de que tenemos una oportunidad de realizar la paz, una gran oportunidad. La paz lleva intrínsecamente dolores y dificultades para poder ser conseguida. Pero no hay camino sin esos dolores”, afirmó Rabin en el discurso que pronunció minutos antes de ser asesinado.

Negociaciones, Oslo I y Oslo II

La Conferencia de Paz de Madrid (1991) fue el primer intento formal, multilateral y público de negociación de paz árabe-israelí que incluyó —aunque de manera indirecta— a los palestinos, y funcionó como antecedente inmediato de los Acuerdos de Oslo. Sin embargo, como Israel aún no reconocía a la OLP, las negociaciones fracasaron. De todos modos, fue crucial para el inicio de las negociaciones secretas que se desarrollaron posteriormente en Noruega.

El abogado y escritor palestino Raja Shehadeh participó como asesor de la delegación palestina, aunque se retiró antes de la redacción final. En una entrevista de 2011, sostuvo que Oslo nació con limitaciones estructurales: “Pude ver que el problema surgió de los propios términos de referencia de las negociaciones, que eran muy restrictivos. Supuso un serio obstáculo, ya que nos habíamos encaminado en cierta dirección, oponiéndonos a las formas de ocupación y a las violaciones del derecho internacional que conllevaba. Todos estos cambios legales que Israel estaba implementando eran unilaterales. Oslo significó que se convirtieron en parte de un acuerdo bilateral. En cierto modo, los palestinos estaban dando su aprobación a algunas de las violaciones y se estaban dejando atrapar en un sistema del que sería muy difícil salir, sobre todo porque se había presentado al mundo como un primer paso hacia la paz”.

Pese a las críticas, las negociaciones avanzaron y el 13 de septiembre de 1993 Israel y la OLP, representados respectivamente por Isaac Rabin y Yasir Arafat, estrecharon sus manos en Washington bajo la mirada del entonces presidente estadounidense Bill Clinton. Más allá del fuerte simbolismo, ese día se firmó el Acuerdo de Oslo I.

Principales puntos:

  • Reconocimiento mutuo.
  • Se estableció la creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) con competencias limitadas: el autogobierno sería transitorio, por un período de cinco años.
  • Israel se comprometió a retirarse parcialmente de la Franja de Gaza y la zona de Jericó, pero no se estableció una retirada general de Cisjordania.
  • Transferencia de competencias civiles: la ANP asumió funciones en áreas como educación; salud; bienestar social; impuestos directos y turismo.
  • Israel conservó control sobre: seguridad externa; asentamientos; fronteras; espacio aéreo.

Dos años más tarde, el Acuerdo de Oslo II estableció el modelo de administración de Cisjordania mediante una división territorial que institucionalizó la fragmentación: el Área A, bajo control civil y de seguridad palestina; el Área B, con administración palestina y seguridad compartida; y el Área C, que abarca más del 60 % del territorio y quedó bajo control total israelí. Las cuestiones centrales —Jerusalén, los asentamientos y los refugiados— fueron postergadas como “temas de estatus final” y nunca se resolvieron.

La ANP no tiene soberanía, jurisdicción ni autoridad, salvo la que le otorga Israel, que incluso controla una parte importante de sus ingresos en forma de aranceles aduaneros y algunos impuestos. Su función principal, según dictan Estados Unidos e Israel, es brindar seguridad a los colonos y las fuerzas de ocupación israelíes contra la resistencia. La creación de la ANP no modificó esa realidad, al tiempo que proporcionó a la colonización y la ocupación israelíes un escudo palestino indispensable”, criticó el historiador palestino Rashid Khalidi en su libro Palestina, 100 años de colonialismo y resistencia.

De hecho, aunque Israel retiró fuerzas de partes de la Franja de Gaza, las tropas permanecieron en los asentamientos israelíes y en ciertos puestos fronterizos (como Rafah), lo que dejó en evidencia que el control militar continuaba.

Recién en 2005, con el llamado Plan de desconexión, Israel de forma unilateral evacuó a todos sus colonos y removió sus bases militares dentro de la Franja de Gaza. El entonces primer ministro Ariel Sharon presentó la decisión como necesaria para mejorar la seguridad de Israel y reducir costos humanos, económicos y políticos.

A esa justificación, hay que sumarle que la violencia de la Segunda Intifada (2000-2005) hizo que muchos en la sociedad israelí y en el Gobierno vieran la presencia en Gaza como poco sostenible.

No obstante, esa retirada no implicó el fin del control sobre el territorio, sino una reconfiguración. Israel lanzó ofensivas militares en la Franja de Gaza en múltiples ocasiones. Aunque ninguna tan devastadora como la que comenzó tras el ataque de Hamas de octubre de 2023, catalogada como genocida por una Comisión de Investigación de la ONU.

Cumbre de Camp David de 2000 y el colapso

En julio de 2000, nuevamente con Clinton como mediador, se intentó cerrar los temas pendientes del proceso iniciado en Oslo: fronteras definitivas, estatus de Jerusalén, derecho al retorno de los refugiados, asentamientos y seguridad. Las negociaciones fracasaron por diferencias estructurales profundas.

Israel ofrecía un Estado palestino fragmentado, con anexión de grandes bloques de asentamientos, control israelí de fronteras, espacio aéreo y seguridad y corredores y enclaves que rompían la continuidad territorial. Además, rechazaba ceder soberanía plena sobre Jerusalén Este.

Para la dirigencia palestina, eso no equivalía a un Estado soberano viable y las propuestas sobre los lugares santos (especialmente la Explanada de las Mezquitas / Haram al-Sharif) eran ambiguas o inaceptables para Arafat. Para los palestinos, Jerusalén Este debía ser capital del futuro Estado.

En cuanto a los refugiados, Israel rechazó cualquier reconocimiento del derecho al retorno, incluso simbólico. Tan solo ofrecía compensaciones y reasentamientos limitados, algo inaceptable para la OLP, ya que implicaba renunciar a un derecho central reconocido por la ONU (Resolución 194).

La consecuencia fue el colapso del proceso de Oslo tal como se lo conocía y una profunda deslegitimación de la negociación bilateral entre amplios sectores palestinos. Desde entonces, no volvió a haber negociaciones comparables.

Durante una entrevista con RTVE de 2023, Khalidi manifestó que las negociaciones ahora no son posibles. “No es sólo por el Gobierno de Israel, por supuesto, o por la división y corrupción de los líderes palestinos. Tampoco son posibles porque Estados Unidos se interpone como árbitro y destruye las negociaciones. Estados Unidos no es sólo un árbitro, es una parte del conflicto como los palestinos o Israel", señaló. "Desde 1967, todos los enfrentamientos, todas las guerras en Gaza, hasta la que hemos visto hasta hace unos días, se hacen con armas, dinero y apoyo político americano”.

La estructura que Estados Unidos e Israel diseñan en las negociaciones está pensada para mantener el statu quo”, advirtió. En última instancia, sostuvo, la clave sigue siendo la ocupación: cada vez más profunda y que nadie parece dispuesto a detener.