Existen momentos institucionales que exceden las normas, estructuras o decisiones administrativas. Porque detrás de cada trámite existen personas, todas y cada una de ellas muy queridas. Detrás de nuestros compañeros y compañeras existen historias de vida, equipos de trabajo, territorios recorridos, conocimientos construidos durante décadas y vínculos humanos que forman parte de nuestra identidad profunda.
El INTA, más que un organismo de ciencia y tecnología es una construcción colectiva profundamente federal, interdisciplinaria y democrática, sostenida históricamente por trabajadores y trabajadoras de múltiples disciplinas, por las comunidades territoriales, por sus sistemas de cogobierno y por una presencia activa en cada región productiva de la Argentina. Al INTA lo habitan productores, técnicos, extensionistas, investigadores, becarios, profesionales y personal de apoyo que dedicaron gran parte de su vida a construir conocimiento, desarrollo, arraigo y oportunidades para nuestro país.
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Pero, además, el INTA es algo difícil de explicar para quienes solamente miran estructuras, presupuestos o indicadores de ajuste. El INTA es una comunidad humana profundamente entrelazada con la sociedad argentina. Una institución construida durante generaciones sobre vínculos de confianza, cercanía territorial, compromiso público y trabajo colectivo. Suele decirse que en el INTA nacemos, crecemos y envejecemos; por eso, para miles de nosotros, el INTA también es una gran familia. Una red humana que atraviesa provincias, pueblos, ciudades y regiones enteras; donde muchas veces se comparte no solo el trabajo, sino también la vida, las convicciones, los aprendizajes y el compromiso cotidiano con quienes producen y habitan el territorio argentino.
Quizás allí radique una de las mayores incomprensiones (o una de las razones más profundas del intento de debilitamiento actual): no comprender que el INTA no es solamente una estructura técnica. Es una institución profundamente imbricada con las comunidades, con la producción, con el desarrollo territorial, con la identidad misma de amplias regiones de nuestro país.
Por eso, ningún proceso de retiro puede vivirse únicamente como un movimiento administrativo. Especialmente cuando la palabra “voluntario” convive con la incertidumbre, el desgaste y las condiciones que empujan, silenciosamente, a tomar decisiones extremadamente difíciles. Cada trabajador y trabajadora que hoy atraviesa esta situación deja mucho más que una función. Deja experiencia acumulada memoria institucional, capacidades construidas durante años y una parte irremplazable de la historia cotidiana del INTA. En consecuencia, cuidar la memoria colectiva del INTA es una tarea activa que requiere compartir las historias de cada compañero que hoy se retira, para que ningún saber se pierda. Sabemos que van a seguir siendo parte de esta familia mas allá de la difícil decisión que estén tomando. Las lágrimas que brotan en llamadas por teléfono, oficinas, salidas de campo merecen el más profundo abrazo y la comprensión de que, cuando no aguantamos más el desgaste, lo que nace del alma hacer es justamente comprender y acompañarnos.
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En este contexto, también es importante abrazar y reconocer a quienes permanecen. A quienes siguen trabajando en medio del dolor, de la incertidumbre y del desgaste producido por políticas que deciden desconocer la profundidad humana, estratégica y territorial de esta institución, porque sostener hoy al INTA también implica un enorme esfuerzo emocional y colectivo. Quienes seguimos adentro tenemos el compromiso de no dejar que esas historias se vuelvan anécdotas sin anclaje: debemos convertirlas en práctica cotidiana, en enseñanza para los más jóvenes y en argumento para defender lo que sigue en pie. Implica seguir creyendo en el valor del conocimiento público, en la ciencia pensada para el desarrollo, en la extensión rural, en el trabajo territorial y en una Argentina que necesita más capacidades, más innovación y más articulación federal, no menos.
Resulta fundamental reconocer también el compromiso de las direcciones, las asistencias y los Consejos en todos sus niveles; espacios que, en escenarios complejos, intentan sostener equipos humanos, preservar capacidades estratégicas y cuidar el entramado colectivo que hace posible al INTA. En este sentido también entendemos que los esfuerzos de todos requieren de redoblar debate, organización y lucha frente a la amenaza constante de que la destrucción será aún peor luego del retiro ¨voluntario¨ por parte de un gobierno que demuestra y se jacta de esa destrucción como si no existiera nuestro cogobierno en todos los niveles.
Cuando el actual gobierno debilita el INTA, debilita capacidades productivas, redes territoriales, procesos de innovación y oportunidades de desarrollo para miles de productores, comunidades y regiones de la Argentina incluso, cuando pretenden seguir mintiendo y expresando públicamente que ¨les importa la producción agropecuaria Argentina¨. No existe hecho ni dato que sustente tal afirmación en ninguna actividad productiva, en ningún rincón del país. Resulta imposible disimular el impacto del “modelo” actual sobre la producción agropecuaria, salvo para quienes eligen el silencio, amparados en ideologías agotadas e intereses personales.
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Hay algo profundamente doloroso en mirar al INTA únicamente como una planilla de ajuste. El INTA se mide en soberanía tecnológica, en arraigo territorial, en conocimiento, en producción, en alimentos, en vínculos construidos durante generaciones y en la capacidad de un país de pensar su propio futuro. Quizás allí se encuentre una de las discusiones más profundas de este tiempo histórico.
Aun en este contexto, es necesario sostener la esperanza y, no como ingenuidad, sino como decisión colectiva. La historia del INTA demuestra que las instituciones verdaderamente profundas sobreviven a los gobiernos, a las coyunturas y a los intentos de desmantelamiento, porque están sostenidas por comunidades humanas que comprenden el sentido de lo que hacen. Nada de lo construido desaparece completamente mientras existan personas dispuestas a cuidar su memoria, defender sus valores y seguir luchando por aquello que consideran justo y necesario para la Argentina.
La memoria colectiva no entiende de contratos ni de retiros voluntarios, ya que lo que construimos juntos ya no nos pertenece a cada uno, sino que se vuelve territorio compartido que ninguna partida puede disolver. A quienes hoy deciden irse, GRACIAS. Seguimos juntos. No están solos, y sabemos que no nos dejan solos; porque en una familia, cuando un hermano parte, el cariño y el respeto nos obligan a aceptar y acompañar su transformación.
A quienes permanecen sosteniendo, acompañando y resistiendo, también GRACIAS. Porque incluso en los momentos más difíciles, seguir defendiendo al INTA es también seguir defendiendo el trabajo, la producción, el conocimiento, los territorios y el futuro de nuestro país.
