John Whitfield: “Hay una sociedad alienígena bajo nuestros pies que la mayoría desconoce”

El escritor científico británico vino al país para completar una crónica sobre la hormiga argentina, una especie que conquistó el mundo

03 de marzo, 2026 | 18.27

Como cualquier padre de dos hijos pequeños, John Whitfield, doctorado en evolución de insectos en la Universidad de Cambridge, se veía con frecuencia en la situación de esperarlos mientras concurrían a distintas actividades y durante ese tiempo hojeaba artículos científicos “para no perder la práctica”, cuenta. Entre otros, uno le llamó poderosamente la atención. Se refería a la hormiga argentina (Linepithema humile), la especie invasora más exitosa del planeta, que durante los cuatro siglos creó “una extraña y turbulenta sociedad global” cuyas particularidades lo fascinaron. “Cuando empecé a leer sobre ellas, me recordaron algo muy común en la ciencia ficción: una sociedad entera que sube a una nave espacial, viaja por la galaxia y aterriza en un nuevo planeta donde se encuentra con alienígenas y tiene que luchar para sobrevivir. Y pensé: esto es una versión en el mundo real de esa trama. Hay una sociedad alienígena bajo nuestros pies que la mayoría de la gente desconoce. Existe otra sociedad globalizada en el mundo, además de la nuestra, organizada de un modo completamente diferente. Me pareció apasionante, una historia que valía la pena contar”. 

Reconvertido en periodista científico y escritor luego de sus inicios como investigador, Whitfield fue redactor de la revista Nature durante seis años, donde escribió sobre temas como evolución, ecología y conservación, y desde entonces publica regularmente en Science, New Scientist, Scientific American, The London Review of Books y BBC Wildlife Magazine, entre otros medios. En 2006 publicó su primer libro, In the Beat of a Heart: Life, Energy, and the Unity of Nature [Al latido de un corazón: vida, energía y la unidad de la naturaleza], una exploración de la teoría que propone que la energía es la fuerza unificadora de toda la vida en la Tierra. Más tarde llegó People Will Talk: The Surprising Science of Reputation [La gente habla: la sorprendente ciencia de la reputación], donde indaga, desde la biología evolutiva y la psicología, por qué nos importa tanto lo que otros piensan de nosotros. Luego publicó Lost Animals: The Story of Extinct, Endangered and Rediscovered Species [Animales perdidos: la historia de especies extintas, en peligro y redescubiertas]. Ahora, vino por unos días a Buenos Aires siguiendo las huellas de esos diminutos insectos sociales cuya organización y escala numérica son difíciles de concebir, y que incluso protagonizan un relato de Italo Calvino ambientado en la costa de Liguria, Italia, donde una plaga de esta especie infestó la región durante los años veinte. 

–Doctor Whitfield, ¿cómo llegó a interesarse en las hormigas argentinas?

–A través de trabajos científicos. Cuanto más leía, más aspectos extraños e interesantes les encontraba. Por ejemplo, en los lugares donde hay distintas supercolonias, pelean y millones de hormigas mueren. Cada primavera, las obreras matan al noventa por ciento de las reinas del nido; parece ser una forma de deshacerse de las menos fértiles para dar lugar a las nuevas. Y hay una historia muy rica de respuestas e interacciones humanas con estas hormigas. Ha habido plagas en distintas partes del mundo. Además, [estos insectos] nos hablan mucho sobre la globalización y cómo está cambiando la naturaleza a medida que las especies se trasladan a todos los rincones del planeta. Es un tema muy rico, en muchas diferentes dimensiones.

–¿Cuándo fueron descubiertas?

–La primera hormiga argentina descripta fue recolectada aquí, cerca de Buenos Aires, alrededor de 1865 o 1866, y el artículo que la dio a conocer a la ciencia se publicó en 1868. Pero hace unos veinte años, un investigador estadounidense encontró otra en el Museo de Historia Natural de Londres que había sido recolectada en Madeira antes de esa fecha, a principios de la década de 1850, por un naturalista británico que había ido allí por una tuberculosis, y que también coleccionaba hormigas. Así que la primera vez que fue recolectada ya era invasora, pero nadie lo supo hasta 150 años después. La hormiga estuvo guardada en el museo hasta que alguien la encontró.

–¿Llegaron al Reino Unido?

–Aparecieron por primera vez alrededor de 1900, pero parece que no lograron establecerse de forma permanente porque hace demasiado frío. A veces se convierten en una plaga en el interior de viviendas. Sé que ahora hay algunas colonias permanentes en ciertas zonas de Londres, aunque todavía no pude confirmarlo. Pero a medida que el mundo se calienta y avanza el cambio climático, podemos esperar que también se instalen allí. Por ahora, están limitadas por la temperatura y la humedad, pero probablemente llegarán pronto. Se deshidratan con bastante rapidez, así que necesitan un suelo y un clima con cierta humedad. Les gusta el calor, pero no extremo. Básicamente prefieren los climas mediterráneos, por eso les fue tan bien en California, en el sur de Europa y en Australia. Nosotros también podemos mejorar el hábitat para ellas: con el riego de los jardines o en los interiores de las ciudades, creamos climas que les gustan en lugares donde de otra manera no podrían vivir.

–Se sabe que pueden dañar o destruir cultivos. ¿Qué factores limitan su población, además de la humedad y el clima? ¿Existen venenos eficaces?

–No es fácil matar hormigas, porque uno puede eliminar a todas las obreras que andan circulando, pero las reinas estarán a salvo en sus nidos. Por eso se intenta usar venenos de acción lenta que éstas ingieren y luego llevan al nido para alimentar a las otras obreras y a las reinas. Pero cuando se trata de las llamadas “supercolonias” [¡que llegan a extenderse por miles de kilómetros!], con muchos nidos y múltiples reinas en cada uno, es más difícil administrar una dosis letal. Hay personas que intentan erradicarlas en algunas islas pequeñas, donde es más razonable pensar que se las puede eliminar. En los continentes parece más factible tratar de mantenerlas fuera de ciertas áreas. Un dato curioso es que no les conocemos ningún enemigo natural: ningún parasitoide [insecto que completan su desarrollo larval alimentándose de un solo hospedador], lo que es frecuente en muchos insectos. Eso es realmente extraño.

–¿Comen cualquier planta o tienen preferencias?

–No son especialistas, pero básicamente les gustan el azúcar y las proteínas. Son carroñeras muy eficientes. Cazan un poco, pero no mucho. Y les encanta el rocío de miel, ese residuo azucarado que producen los pulgones y otros insectos. Esa es su fuente de azúcar.

–Si tuviera que describir la organización social de estas comunidades para alguien que no sabe nada sobre ellas, ¿qué dirías?

–Lo primero que hay que saber es que la mayoría de las hormigas viven en nidos, y que diferentes nidos de la misma especie son hostiles entre sí y hacia otras especies. Eso también es cierto en la hormiga argentina: hay distintas colonias cuyos miembros se pelean de varias formas. Con las mandíbulas, tratan de morderse, se arrancan las patas y las antenas. Y también tienen armas químicas que parecen desorientar y aturdir a las enemigas. Pero en los territorios invadidos, la hormiga argentina forma una sola colonia enorme. Se tratan como si pertenecieran al mismo nido. Hormigas nacidas a cientos de kilómetros de distancia, o incluso en continentes distintos, se reconocen y no se atacan. Eso les permite alcanzar densidades de población muy altas y las convierte en competidoras muy eficientes, especialmente contra otras especies.

–¿Hay una estimación de cuántas obreras y reinas puede tener una de estas supercolonias?

–Pueden haber miles de millones. En un nido pueden haber hasta cien reinas. Y en el territorio invadido puede haber un nido cada pocos metros. Es un número astronómico. Realmente inconcebible, difícil de imaginar.

–¿Y cuando pelean, qué pasa al final?

–Las invasoras, que son las que atacan, expulsan a las nativas. Todas pueden ser bastante agresivas, pero las hormigas argentinas lo son particularmente. Además, como están presentes en mayor número, pueden abrumar a las otras. A veces las matan directamente, o asaltan los nidos, y se llevan huevos y larvas. También pueden superar a otras especies siendo más rápidas en encontrar comida y defenderla mejor. Las otras forrajean menos y se reproducen con más lentitud. Tienen muchas formas de presionarlas y de ir tomando ese territorio en forma gradual.

–¿Cuántas especies de hormigas existen?

–Hay unas dieciséis mil registradas, pero probablemente sean muchas más.

–¿Qué desearía contar en este nuevo libro?

–Quiero contar la historia de cómo se descubrieron, nuestros encuentros con ellas, cómo reaccionaron en distintas partes del mundo… Hay historias impresionantes. Alrededor de 1900, cuando empezaron a expandirse, hubo plagas espectaculares en Madeira y en Nueva Orleans que llegaron a expulsar a la gente de sus casas. Invadían las despensas y las tiendas de alimentos, y lo cubrían todo. Las personas tenían que poner las patas de sus camas en platos con kerosén para evitar que las hormigas treparan durante la noche.

–En la Argentina esas invasiones masivas no ocurrieron…

–No, no. Aquí pueden convertirse en una plaga (hablé con personas que las sufrieron), pero no de la misma manera. También hubo mucha preocupación por sus efectos en la agricultura, pero esa amenaza no fue tan grave como se temía: no transmiten enfermedades y en general no se convirtieron en un peligro serio para la agricultura. El lugar donde parecen ser más problemáticas es en los huertos de cítricos, donde atacan los frutos y las flores, y también cuidan a los insectos que chupan la savia, que sí propagan enfermedades. Pero más allá de sus efectos directos sobre nosotros, tienen enormes consecuencias ecológicas; por ejemplo, cuando reemplazan a las otras hormigas de un lugar en las que estas últimas eran importantes para dispersar semillas, para la polinización o como carroñeras. Los efectos ecológicos pueden ser extensos y eso sigue avanzando.

–¿O sea que a pesar de ser tan diminutas, pueden tener una influencia importante?

–Una de las cosas en las que pensé es que si yo fuera un periodista o historiador alienígena, y llegara a este mundo sin la visión de un ser humano, pensaría que, en muchos sentidos, este [la globalización de las hormigas invasoras] es uno de los grandes eventos planetarios de los últimos doscientos años. Si uno mira cuánto cambió el mundo e intenta contemplarlo desde el punto de vista de toda la vida que contiene, es un acontecimiento histórico de primera magnitud. Y sigue ocurriendo, impulsado por criaturas increíblemente pequeñas. Los seres humanos creemos que estamos a cargo, que somos muy importantes, pero hay otras fuerzas en el planeta, además de nosotros, y hay un límite para cuánto podemos controlar.