Juli Dondero es oriunda del sur del Conurbano bonaerense. De hecho, vivía en Quilmes, zona donde se desempeñaba como docente de nivel inicial de una escuela pública. No tenía mayores problemas, pero había cierta dinámica que en su vida no le cerraba. Hace 4 años, durante unas vacaciones en San Marcos Sierra tomó la decisión: se quedó a vivir en la localidad cordobesa. Y a los 6 meses se trasladó a Amboy, otro pueblito de la provincia mediterránea que tiene de algo más de 300 habitantes del que se enamoró. Allí compró una casa, abrió un hostel y hoy vive del turimo y la gastronomía.
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“Me vine de vacaciones para el lado de San Marcos Sierra y, bueno, decidí vivir acá en Córdoba, que es un paraíso. Al tiempo di ese otro pasito que fue alojarme en Amboy. Vendi mi auto, mi moto y otras tantas cosas y conseguí una casa que es muy antigua, está ubicada en el casco histórico del pueblo: a dos cuadras del río. Luego la convertí en un hostel que tiene habitaciones compartidas y también privadas. También ofrezco actividades como caminatas, paseos en canoa, alquilamos bicis”, le explicó la dueña de Hostel del Pueblo (@hdp.amboy) a El Destape.
Según el último censo de 2022, Amboy cuenta con unos 353 habitantes. Es un pueblo colonial, ubicado en el Valle de Calamuchita. De hecho, está ubicado a unos 18 kilómetros de Santa Rosa y a 115 de la capital provincial. Sus vecinos duermen la siesta, dejan las puertas sin llave y, básicamente, respiran paz. Allí nació el doctor Dalmacio Vélez Sársfield, un destacado jurista y político argentino creador del Código Civil. Otro de los puntos distintivos del lugar es la iglesia San José, construida en 1650 por los jesuitas, pero finalizada e inaugurada recién en 1900.
“Yo vivo justo en diagonal a la iglesia del pueblo, que además es famosa porque se terminó en 1900 y fue con un solo albañil. También tenemos un museo que está enfrente del hostel, el hostel está ubicado en el casco histórico, es todo muy pintoresco el pueblo”, detalla esta bonaerense de 37 años.
Todo comienza al fin
Como casi en todo inicio de un cambio semejante, para Juli no fue sencillo establecerse en Amboy. Primero tuvo que desprenderse de varios bienes materiales para reinvertirlos en el valor de la propiedad, luego comenzar un vida más austera y dedicar mucho trabajo para levantar el hostel. Asimismo, al lógico extrañar familiar inherente a cualquier mudanza de tanta distancia (su hijo adolescente decidió quedarse con su padre en Buenos Aires), se sumó que se separó de la pareja de entonces; con la que arrancó la aventura.
“En un principio me vine con mi compañero y después de un año nos separamos. Con él llevábamos gente a pueblos escondidos cuando estábamos en San Marco Sierra y solíamos pasar por Amboy. Entonces, en el momento de buscar, fue uno de los lugares en los que pensé y, finalmente, lo elegí. Este sitio me enamora, es como increíble, muy atrapante. Así las cosas, el sueño ya fue mío solamente. Hicimos división de bienes y yo seguí con mi proyecto que fue el hostel”, recordó Juli.
Y continuó: “Primero me vine con un poquito de ahorros y desde que vi la casa en Amboy fui vendiendo todo como para poder llegar a este lugar. Lo planifiqué y empezó a funcionar el hostel. De hecho, me mudé en junio de 2022 y en julio empecé a recibir gente. Además, del turismo me dedicaba a vender en ferias. Bueno, todo lo que sería rebusque. Además, ahora tengo una marca nueva que se llama a La Chica del Hostel, con la que hago budines sin gluten”.
Cambia, todo cambia
Juli cambió el tránsito, el esmog y la neurosis de Buenos Aires por el aire puro, la tranquilidad y un paisaje entre ríos y montañas. A priori, suena muy atractivo. Ahora bien, la curiosidad surge acerca de si le costó bajar ese ritmo de repente o si no se sintió aburrida en un contexto exactamente inverso al que se movía antes.
“Yo salí medio explotada del sistema de Educación de Buenos Aires. Aunque, al mismo tiempo nunca bajo un cambio por mi propia personalidad. De todas maneras, mi característica acá me sirve para estar siempre en actividad porque la calidad de vida que gané es innegable. Así que no sé lo que es aburrirme. Estoy enamorada de este pueblo que es muy tranquilo, yo duermo con todo abierto, por ejemplo”, le respondió a El Destape Juli, que alguna vez viajó a Buenos Aires y dejó el hostel 15 días sin llave.
“Me siento muy conectada con la naturaleza, con el tiempo, con esto de no estar corriendo, de respetar la hora de la siesta: acá entre la dos de la tarde y las cinco, no hay nada. Además, empecé también a formarme en yoga. Llevo la docencia en el alma y ahora estoy enseñando esa disciplina. Y la última gran noticia que recibí fue que el Hostel del Pueblo va a formar parte de un proyecto de Córdoba que se llama Rincones Mágicos, un programa similar a Pueblos Auténticos, pero este es provincial”, agregó Dondero.
Amboy: un viaje hacia el pasado
Transitar las calles de Amboy es como adentrarse en un viaje en el tiempo. Entre sus calles irregulares de un asfalto rústico, abunda la estética colonial y los carteles como pintados en otro tiempo, aunque alguno avisa que allí hay Wi-fi. Ese universo casi extemporáneo también se expresa en la iglesia principal, en alguna pulpería o en los sifones acumulados en la puerta de una casa que esperan para ser recogidos por el sodero.
Desde uno de sus puentes, donde debajo corre el río de nombre homónimo al lugar, aparece una estatua de Gary Edgar Efraín Fuentes, el cantante de Trulalá que nació en el pequeño pueblo.“El ángel que canta”, reza al pie de la escultura de tamaño real en homenaje al artista fallecido a los 39 años en 2001. En una recorrida rápida, se destacan: el Museo de Ramos Generales, la única escuela, el bar de Rosa y otro similar, pero con pool llamado El Angel.
Al llegar al Hostel del Pueblo, el primer contacto visual se concreta a través de una inscripción que dice “toque la campana y aguarde”. Luego de acatar las indicaciones Juli sale al encuentro. La casa tiene alrededor de 100 años y se puede advertir en el tipo de construcción, en sus puertas de madera, en una salamandra o en sus paredes internas de un grosor importante. No obstante, su dueña se encargó de imprimirle una estética colorida, con telas del Norte argentino y Bolivia, con sahumerios, ambientes decorado con sendos textos como “sé feliz, viaja más, viví aventuras, sé libre”; “busca el alma en todo”; “todo con amor y alegría” y, entre otros, “la suerte es enemiga de la acción”.
El hostel cuenta con dos habitaciones, cuya capacidad oscila entre 7 y 9 pasajeros, y una más para quien quiera alojarse de forma privada que es para una o dos personas. Al costado de la construcción está el parque, cuya medianera está ataviada con una frondosa enredadera. Asimismo, una parte está cubierta por una media sombra útil para cubrir la superficie de la lluvia y la nieve. Mientras que a unos pocos metros de allí, se erige un quincho que es como el lugar de encuentros de los ocasionales turístas; en el fondo, en tanto, hay un patio con un manzano de un tamaño tan considerable, como para darle sombra a varios en verano.
La acción como principal enemiga del miedo
El principal miedo de Juli al mudarse a Córdoba era saber que perdía su ingreso fijo de docente. Para lidiar contra ese temor, apeló a su actitud natural de mujer inquieta: “siempre hay que generar algo, sobre todo en temporada baja”. En consecuencia, creó su marca de budines sin gluten y se formó como docente de yoga. En el mismo sentido, recurre al trueque, a ferias y trata de reparar ella misma cualquier avería o imprevisto que surja en la casa como para evitar gastos extras.
“Acá, económicamente, la vida no es tan costosa como en la ciudad, porque también allá es que estamos aprendiendo todo el tiempo a competir: a ver quien tiene las zapatillas último modelo, la ropita de marca o el último modelo de celular y acá realmente nos arreglamos con muy poco. De hecho, funciona la economía circular: hay mucho intercambio. Por eso, yo tengo un pantalón que compré en una feria por 3 mil pesos. Es decir, los valores son muy diferentes”, explica Dondero.
En Amboy, la paz, la tranquilidad y la naturaleza son la escenografía cotidiana. Sus habitantes, consecuentemente, deaumbulan al mismo ritmo que genera esta atmósfera, impensada en la neurótica ciudad de Buenos Aires. Ese fue el pasaje que transitó Juli, con el que actualmente disfruta y espera hacerlo por varios años más. “Es imposible de poder describir lo que te genera Amboy si no lo conoces. Es muy hermoso”, concluye.
