Los antidepresivos, reconocidos mundialmente por generar efectos secundarios en el plano sexual, también podrían inhibir vivencias emocionales profundas como el amor y la pasión. Es de amplio conocimiento que los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), la variante de antidepresivos más extendida, suelen ocasionar disfunciones sexuales.
"Hay muchas razones para pensar que los ISRS disminuyen la capacidad de enamorarse y mantener una relación", argumenta Helen Fisher, antropóloga biológica de la Universidad de Rutgers y una de las principales referentes en el estudio científico de los vínculos afectivos.
Para muchas personas, el costo en la salud sexual representa una consecuencia aceptable en comparación con el alivio de una depresión severa. Sin embargo, a medida que la prescripción de estos psicofármacos se expande hacia cuadros de ansiedad leve o insomnio, la posibilidad de que interfieran negativamente en el plano afectivo genera una creciente preocupación.
Los antidepresivos ISRS actúan incrementando la serotonina circulante en el organismo, un neurotransmisor clave para regular el estado de ánimo pero que, a su vez, suele amortiguar el deseo. En simultáneo, estos medicamentos tienden a reducir los niveles de dopamina, químico cerebral estrechamente involucrado en la motivación, la excitación y la respuesta al placer. Las investigaciones sugieren que este compuesto resulta igualmente indispensable para encender la chispa del romance.
Durante el encuentro íntimo se libera una combinación hormonal decisiva para fortalecer el lazo emocional. Si la vida sexual se ve resentida, la intensidad del amor romántico puede disminuir. No obstante, Fisher y el psiquiatra James Thomson (de la Universidad de Virginia) advierten que la problemática es aún más compleja: los ISRS también podrían adormecer directamente los impulsos afectivos de manera inconsciente.
"En nuestro cerebro existen diversos sistemas inconscientes que utilizamos para gestionar el amor y la atracción romántica", explicó Thomson al respecto. "Si estos fármacos provocan efectos secundarios sexuales conscientes, argumentaríamos que también habrá efectos secundarios inconscientes".
Según el modelo propuesto por Fisher, los seres humanos disponen de tres sistemas cerebrales interconectados pero independientes destinados a la vida afectiva: uno enfocado en el deseo sexual, otro en el apego a largo plazo y un tercero orientado al amor romántico. En una pareja en fase de enamoramiento, la presencia del otro activa intensamente los circuitos dopaminérgicos, patrones que suelen mantenerse si la relación prospera. Al comprimir la dopamina, los ISRS condicionan la probabilidad biológica de experimentar esa fascinación.
A pesar de la coherencia biológica de la hipótesis, la evidencia empírica definitiva continúa en desarrollo. Un estudio llevado a cabo por la psicóloga Maryanne Fisher (Universidad de Saint Mary) registró que las mujeres bajo tratamiento con antidepresivos mostraban reacciones menos intensas ante fotografías de rostros atractivos, aunque los resultados arrojaron un margen acotado y la experiencia no volvió a replicarse.
En contraste, el psiquiatra Andrew Leuchter (de la Universidad de California en Los Ángeles) sostiene una postura escéptica frente a la existencia de este fenómeno. El especialista remarca que ha visto a numerosos pacientes recuperar la capacidad de vincularse tras salir de estados depresivos profundos gracias a la medicación.
Por su parte, las evaluaciones clínicas tradicionales se han focalizado prioritariamente en medir alteraciones métricas como las disfunciones sexuales, dejando de lado aspectos más abstractos y difíciles de cuantificar como la pérdida de la empatía o el entusiasmo romántico.
El impacto en las relaciones y el desarrollo joven
Ante este panorama, Thomson sugiere que los profesionales de la salud mental incluyan la variable de los tratamientos farmacológicos al evaluar dinámicas de pareja. Del mismo modo, insta a reflexionar sobre los potenciales efectos a largo plazo antes de indicar estos medicamentos a niños o adultos jóvenes.
"¿Afecta al desarrollo de las áreas del cerebro implicadas en el amor y la sexualidad? ¿Perjudica los sentimientos y comportamientos propios del amor romántico y la sexualidad, así como los procesos de aprendizaje necesarios para activar esas áreas del cerebro?", cuestiona el especialista, remarcando la necesidad de profundizar los estudios al respecto.
Por su parte, Fisher concluye con una reflexión sobre la importancia de la información transparente para los pacientes: "Queremos saber sobre los efectos secundarios de otros medicamentos. ¿Por qué no saber también sobre los efectos secundarios de estos medicamentos, que afectan nuestro futuro reproductivo?".
