En 2014, cuando el veganismo todavía no era una moda en Argentina, conseguir un alfajor sin ingredientes animales era casi imposible. Fue entonces cuando Lucía Mariño, vegana desde los 10 años y estudiante universitaria, decidió crear su propia receta en la cocina familiar de Berazategui. Lo que empezó como un pequeño proyecto casero hoy se convirtió en una fábrica que produce cerca de 170 alfajores por hora, sumando aproximadamente 1,5 millones de unidades al año.
Desde su lanzamiento, el producto agotó 2,5 millones de alfajores en menos de 90 días, demostrando un crecimiento explosivo. Lucía asegura que desarrolló el primer alfajor vegano del país y que actualmente su marca, llamada "Un Rincón Vegano", ofrece más de diez variedades diferentes. Además, abastece dietéticas y supermercados en todo el territorio nacional y complementa su oferta con galletitas y alimentos saludables.
Los comienzos no fueron fáciles. Los comercios especializados rechazaban sus productos por la baja demanda y la falta de interés en artículos veganos. "Me decían que no todo el tiempo, y que en ese momento nadie quería vender un producto vegano", recordó Lucía.
Mientras estudiaba en la Universidad de La Plata, Lucía y su familia elaboraban tartas, medialunas y postres veganos. Sin vehículo propio, cargaban la producción en un carrito de compras, viajaban en tren hasta Buenos Aires y abastecían uno de los pocos restaurantes veganos existentes. Sin embargo, ese volumen no alcanzaba para sostener un negocio.
Buscando un producto con mayor llegada masiva, pensó en el alfajor, una golosina popular que se vende en kioscos y dietéticas, consumida por todo el mundo. Su objetivo fue crear una versión vegana que mantuviera el sabor tradicional.
El crecimiento de la receta que se transformó en una fábrica de alfajores
El desafío no era solo reemplazar el dulce de leche, sino también las tapas, los baños de chocolate, grasas y colorantes, que contenían ingredientes animales. "Hoy hay muchísimas opciones, pero hace once años no existía prácticamente nada. Me las tenía que rebuscar todo el tiempo y hasta hablaba con ingenieros en alimentos que muchas veces no sabían cómo ayudarme porque nadie estaba desarrollando productos veganos", explicó, en diálogo con iProfesional.
Las primeras pruebas fueron artesanales y con una inversión inicial mínima. Con solo $700, aportados por sus padres, compró un kilo de chocolate, una suma que en ese momento le parecía enorme. "Después terminé comprando toneladas, pero me acuerdo perfectamente de ese primer kilo", contó entre risas.
Las recetas cambiaron constantemente hasta lograr el sabor deseado. Incluso usaron aquafaba, el líquido de cocción de los garbanzos, para reemplazar algunos ingredientes tradicionales en ciertas variedades. Cada mejora surgió tras decenas de pruebas en la cocina familiar. Al principio, los alfajores no tenían envases propios y los acomodaban en cajas de empanadas. Luego los transportaban en tuppers apilados dentro de un carrito para recorrer dietéticas de la Ciudad de Buenos Aires, a veces enfrentando dificultades para subir al transporte público debido al espacio ocupado.
Sin embargo, una vez que los consumidores probaban el producto, la demanda creció rápidamente. "Las dietéticas comenzaron a recibir consultas y los pedidos empezaron a multiplicarse. La producción artesanal nos dejó de alcanzar", señaló Lucía.
Así empezó la etapa de transformación del emprendimiento en una fábrica, sin socios ni inversores externos. La producción aumentó y las noches se hicieron largas: Lucía y su madre envolvían alfajores manualmente, durmiendo solo cuatro o cinco horas en medio de la demanda insatisfecha. "Los clientes se enojaban porque no llegábamos con la cantidad que necesitaban", recordó. La necesidad de espacio llevó a ampliar la vivienda familiar por etapas, construyendo nuevos ambientes para la producción hasta que finalmente levantaron un galpón que hoy funciona como fábrica.
Además, Lucía buscó una forma legal de producir sin montar desde cero una planta industrial. Durante su paso por La Plata, conoció una normativa para habilitar cocinas domiciliarias y promovió un sistema similar en Berazategui, donde su empresa fue la primera en obtener esa habilitación. "Nunca dejamos de reinvertir. Todo lo que entraba volvía al negocio. Primero fue para ampliar los espacios, después para comprar máquinas y más adelante para incorporar equipamiento que nos permitiera aumentar la producción", explicó.
La marca amplió su catálogo a más de diez sabores, muchos de los cuales fueron pioneros en el mercado vegano local. "Cuando lanzamos algunos de esos sabores prácticamente no existían en el mercado. Hoy veo que muchas de esas variedades se hicieron habituales y me pone contenta haber sido de los primeros en desarrollarlas", afirmó. Además de los alfajores, la empresa sumó una línea de galletitas, invirtiendo en hornos y maquinaria específica, y creó Alfood, una segunda marca especializada en alimentos integrales y saludables.
Los alfajores llegaron a venderse en Estados Unidos, pero el proyecto de expansión internacional quedó en pausa. "El producto funcionó muy bien, pero no encontramos un distribuidor con el que compartiéramos la misma forma de trabajar. Preferimos esperar antes que crecer de cualquier manera", aseguró. Actualmente, con una producción cercana a un millón y medio de alfajores por año, la prioridad es abrir nuevos mercados fuera del país, con la mira puesta en India, Bangladesh y otros países donde el consumo de alimentos veganos está en crecimiento.
