El juicio que puede sentar precedentes: una mujer adicta al celular lleva al banquillo a Google y Meta por generar dependencia

El juicio, uno de los más importantes de la era digital, cuestiona el rol de las redes sociales y sus efectos en la salud mental de niños y adolescentes.

20 de febrero, 2026 | 12.25

En una sala del Tribunal Superior de California, en Los Ángeles, Estados Unidos, se está desarrollando, por jurado, uno de los procesos judiciales más significativos de la era digital, en el cual se cuestiona el rol de las redes sociales que fueron diseñadas deliberadamente para generar dependencia en niños y adolescentes.

La denuncia que abrió el proceso fue presentada por Kelly G.M., de 20 años, quien comenzó a utilizar Instagram y YouTube antes de los 10 y, según explica en su demanda, fue perjudicada directamente por la arquitectura adictiva de estas plataformas que la condujeron a un uso compulsivo durante su adolescencia, y a sufrir padecimientos en salud mental como depresión, ansiedad, problemas de imagen corporal y pensamientos suicidas. La joven además sostiene que las empresas tecnológicas sabían que sus productos y los contenidos que allí circulan podrían generar estos efectos y que, aun así, priorizaron el crecimiento y la rentabilidad.

El abogado de la demandante, Mark Lanier, fue categórico en su alegato inicial ante el jurado. "Ella se obsesionó con estas plataformas; su salud mental se deterioró. Su infancia, y por ende su edad adulta, se desviaron de un desarrollo normal - dijo y agregó - estas compañías construyeron máquinas diseñadas para volver adictos los cerebros de los niños, y lo hicieron a propósito”. El representante apuntó de esta manera contra el diseño de las plataformas que tienen como objetivo captar la atención de los usuarios creando dependencia, a través de funciones como el scroll infinito, las recomendaciones algorítmicas y las notificaciones pensadas para maximizar la retención y el consumo. Además las comparó con el diseño de industrias que explotan la psicología del refuerzo intermitente y el circuito de la recompensa rápida como los casinos y el juego.

Del otro lado, en el banquillo de los acusados, están Meta Platforms, propietaria de Instagram, y Alphabet, casa matriz de Google y YouTube. El propio Mark Zuckerberg fue convocado a testificar el pasado miércoles 18 de febrero, donde defendió la creación de Instagram argumentando que está enfocada en la “utilidad y el valor”.y criticó a los usuarios por mentir sobre la edad.

“En mi opinión, tratamos de aumentar el valor de nuestros servicios, pero también tratamos de medir el progreso frente a competidores como TikTok”, dijo Zuckerberg en la audiencia. 

Otras compañías como TikTok (ByteDance) y Snap Inc. (Snapchat), habían sido originalmente incluidas en la demanda, pero llegaron a acuerdos extrajudiciales confidenciales con la demandante y evitaron llegar al juicio. Los montos y términos de esos acuerdos no se conocieron públicamente, pero su existencia revela el riesgo reputacional y legal que implicaba enfrentar el proceso y el escarnio público.

La defensa: responsabilizar a los usuarios por el “uso problemático”

Otro de los momentos más polémicos del juicio fue el testimonio de Adam Mosseri, director de Instagram, que bajo juramento rechazó la acusación de “adicción clínica” y propuso una distinción semántica que traslada el problema del producto a los usuarios: lo que existiría, según él, es un “uso problemático”. Para Mosseri no existe un diagnóstico médico formal universalmente aceptado que confirme la “adicción a redes sociales” comparable a la dependencia química. Incluso se atrevió a ironizar asemejando el consumo intensivo de plataformas con las habituales maratones de series de televisión.

Desde esa misma posición, el abogado de Google, Luis Li, negó que YouTube haya sido diseñado para “meterse en el cerebro” de los usuarios o reconfigurar su comportamiento, y argumentó que el uso intensivo no implica necesariamente patología. El eje defensivo apunta claramente a demarcar que, como  no hay consenso científico pleno sobre la etiqueta de “adicción” en lo que respecta al consumo de redes y plataformas, no puede hablarse de responsabilidad estructural de las empresas por daño deliberado.

Los datos y estudios señalan los riesgos de salud física y mental

Sin embargo, la información científica disponible, los debates sociopolíticos actuales, y la palabra de médicos y especialistas advierten sobre un posible impacto negativo de una exposición masiva y creciente de infancias, adolescencias y menores a las plataformas digitales. De hecho en varios países del mundo, como España, Francia, Australia, incluso en la Unión Europea, en los últimos meses se impulsaron políticas públicas y legislaciones que imponen una mayoría de edad digital, entre otras medidas proteccionistas y multas para las empresas de redes sociales que no las cumplan. Mientras tanto, otros países como Dinamarca, Grecia, Rumanía y Nueva Zelanda también estudian normas más estrictas.

La información estadística producto de diferentes estudios es elocuente: el Pew Research Center, un think tank con sede en Washington, por ejemplo, informó que el 95 % de los adolescentes estadounidenses tiene acceso a un smartphone y que casi la mitad declara estar en línea “casi constantemente”. En la misma línea, datos de UNICEF y UNESCO citados en el informe Kids Online Argentina de 2025 muestran que el 95 % de niños y niñas accede a un celular con internet antes de los 10 años y que el 80 % usa redes sociales todos los días.

Esto evidencia que la vida social infanto juvenil no es simplemente complementada por las redes, sino que está estructurada y diseñada a través de ellas. El digital es un territorio que los jóvenes habitan, transitan, viven, observan y en él también desarrollan gran parte de su socialización, crecimiento, formación y construcción de identidad. Paradójicamente,  la conectividad permanente, la hiper exposición, interfieren en el aprendizaje de habilidades emocionales y sociales, lo que termina afectando directamente en sus vínculos.

Tal como la calle física, la exposición temprana al entorno digital implica para los niños, niñas y adolescentes amenazas físicas, psicológicas y emocionales. Algunas son el acoso sexual en línea o grooming, el bullying digital, la exposición precoz a contenidos no aptos como pornografía, explotación, fraudes, discursos de odio, manipulación algorítmica, presión por la validación social instantánea, apuestas en línea, y hasta imágenes falsas creadas con inteligencia artificial. 

Los padecimientos en saud mental son sin dudas las consecuencias que más preocupan, y muestran que lo digital no es un simple entretenimiento: es un espacio productor de subjetividad y sufrimiento. El Center for Disease Control and Prevention ( Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades) de EAU publicó en su informe Youth Risk Behavior Survey (Sistema de Vigilancia de Conductas de Riesgo Juvenil) que, entre 2011 y 2021, el porcentaje de adolescentes que reportó sentirse persistentemente triste o desesperanzo aumentó de manera sostenida, alcanzando en el caso de las mujeres cifras superiores al 57 %. El mismo informe mostró un aumento significativo en la ideación suicida juvenil durante ese período.

A nivel internacional, la Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años padece algún trastorno mental. En su informe europeo más reciente sobre bienestar digital adolescente, la organización señaló que alrededor del 11 % presenta patrones de uso problemático de redes sociales. Revisiones científicas publicadas en la revista académica Behavioral Sciences (MDPI) encuentran asociaciones consistentes entre uso intensivo de redes sociales y mayores niveles de depresión y ansiedad, aunque subrayan la complejidad del fenómeno y la imposibilidad de reducirlo a una causalidad lineal.

Es importante aclarar que los datos no pueden todavía establecer una relación causal directa e inequívoca entre redes y comportamientos adictivos. Sin embargo, sí describen un ecosistema digital donde la hiperconectividad coincide con un deterioro mensurable en indicadores de salud mental adolescente. Y es en ese punto donde la línea argumentativa de las empresas comienza a tensionarse: aunque el concepto clínico de adicción esté en debate, los organismos sanitarios, estatales e institucionales, describen e identifican  un problema de salud pública asociado al uso intensivo y al diseño de plataformas basadas en la economía de la atención.

Más allá del caso individual: el modelo de negocio en discusión

Este juicio se inscribe en un debate más amplio y necesario sobre el modelo económico que sostiene a las grandes tecnológicas. Las plataformas monetizan el tiempo de permanencia y la interacción de más personas, mientras el algoritmo recompensa el engagement, celebra la viralizacion, amplifica contenidos intensos, personaliza estímulos para mantener al usuario activo, y fomenta la polarización. En el caso de las infancias y adolescencias, cuyos cerebros están en desarrollo y no cuentan con las herramientas emocionales adecuadas para regular el uso, ese diseño puede tener implicancias particulares y especialmente dañinas.

La comparación con industrias como la tabacalera sirven para ilustrar cómo productos altamente rentables y populares, cuyos efectos adversos fueron inicialmente minimizados, eran legales hasta que la evidencia acumulada obligó a cambios regulatorios y campañas sanitarias de prevención. La pregunta central que emerge es: ¿puede una arquitectura digital orientada a maximizar la atención desligarse de las consecuencias que produce sobre poblaciones vulnerables? En relación al juicio , está programado para durar al menos seis semanas y el jurado popular deberá decidir sobre el caso concreto de Kelly G.M. Todo indica que lo que ocurra tendrá implicancias mucho más amplias y podría abrir la puerta a la resolución de más de 1500  demandas similares de familias, instituciones escolares, y estados contra empresas de redes sociales en Estados Unidos.

Consumos digitales problemáticos: la dimensión invisible del problema

En Argentina el psicólogo Alberto Trimboli, fundador de la Asociación Argentina de Salud Mental, advierte que el problema no se reduce a si existe o no una categoría médica de adicción, sino a los consumos problemáticos digitales: redes sociales, videojuegos, apuestas online, pornografía, compras online, validación algorítmica constante. Lo central, según Trimboli, es que más allá del contenido generan sufrimiento, compulsión y el deterioro en la vida cotidiana. Por eso estamos frente a la oportunidad histórica de repensar la noción de consumo problemático en clave contemporánea.

Para el no toda interacción digital es patológica, pero existe un peligro latente en la sobreexposición combinada con una falta de alfabetización crítica, regulación adecuada y acompañamiento adulto. En muchos casos los resultados son la interferencia significativa en la salud mental, en los vínculos interpersonales, en el desempeño escolar, académico o laboral, en el estado de a ánimo, la capacidad de autorregulación y toma de decisiones. Con esta perspectiva funciona desde julio de 2024 en el Hospital Álvarez el primer Dispositivo para el Abordaje de los Consumos Problemáticos en Entornos Digitales.