Por qué la leche de almendras es buena para la salud y cuál es su impacto en el planeta

La leche de almendras es baja en calorías y sin lactosa, pero su escaso aporte proteico y el alto consumo de agua en su producción obligan a un consumo informado y consciente.

18 de febrero, 2026 | 11.05

En la última década, la leche de almendras pasó de ser una alternativa de nicho a ocupar un lugar estable en góndolas y cafeterías. Su bajo contenido calórico, la ausencia de lactosa y su asociación con un estilo de vida saludable impulsaron su popularidad, sobre todo entre personas que buscan mejorar su alimentación o reducir el consumo de productos de origen animal. Sin embargo, su expansión también abrió interrogantes sobre su verdadero aporte nutricional y el impacto ambiental de su producción masiva.

Desde el punto de vista de la salud, la leche de almendras se destaca por ser liviana y baja en grasas en comparación con la leche de vaca entera. No contiene colesterol ni lactosa, lo que la convierte en una opción apta para personas con intolerancia o para quienes siguen dietas veganas. Además, muchas versiones comerciales están fortificadas con calcio y vitaminas como la D y la E, nutrientes clave para la salud ósea y el sistema inmunológico.

No obstante, especialistas advierten que no todas las presentaciones son iguales. Uno de los principales cuestionamientos es su bajo aporte de proteínas, a diferencia de la leche vacuna o de bebidas vegetales como la de soja, la de almendras aporta cantidades mínimas. Por eso, si se la utiliza como reemplazo habitual, es necesario compensar con otros alimentos ricos en proteínas.

Otro punto a observar es la lista de ingredientes. Algunas variedades industriales incluyen azúcares añadidos, estabilizantes y emulsionantes que pueden alejarla de la imagen de producto “natural”. La recomendación de los nutricionistas es clara, leer las etiquetas y optar por versiones sin azúcar agregada y con pocos componentes.

El costo ambiental detrás de la tendencia de la leche de almendras

Más allá de sus beneficios, la producción de almendras genera debate. El cultivo requiere grandes volúmenes de agua, especialmente en regiones donde el recurso es escaso, lo que plantea tensiones ambientales y sociales. Este alto consumo hídrico es uno de los principales cuestionamientos a la bebida.

A esto se suma la dependencia de la polinización intensiva. En zonas productoras, la creciente demanda incrementó el traslado masivo de colmenas para asegurar la polinización, un sistema que expone a las abejas a estrés, pesticidas y elevadas tasas de mortalidad. La situación preocupa a ambientalistas, dado el rol fundamental que cumplen estos insectos en el equilibrio de los ecosistemas.

El cultivo de almendras requiere grandes volúmenes de agua lo cual genera un impacto negativo en el medioambiente.

Si bien distintos estudios indican que su huella de carbono es menor que la de la leche de vaca, el impacto ambiental no es inexistente. Esto obliga a revisar la idea de que toda bebida vegetal es automáticamente sustentable.