Hay algo en esta Selección argentina que se ve pero resulta difícil de explicar, algo que supera el análisis de la cuestión táctica, la estrategia ante cada partido o la técnica de los jugadores. Durante todo el Mundial 2026 se habló del carácter de los jugadores, de que no tienen miedo, de la capacidad para sostener la templanza e insistir ante un resultado adverso, de que sacan jugadas y goles de la galera, y de un equipo que nunca deja de creer. En cada remontada hablamos de las mismas cosas: corazón, coraje, huevos, resiliencia, valentía, confianza. Como si fueran cualidades casi innatas vinculadas a la argentinidad en sí misma. Sin embargo, detrás de esas virtudes, mayormente aprendidas y potenciadas, tal vez exista una historia que resuena más allá del futbol. Porque el carácter también se aprende.
Si uno presta atención a los relatos y caracterizaciones, que tienen a Maradona y Messi como mayores exponentes, la singularidad del fútbol argentino suele explicarse a partir de figuras como la gambeta, la picardía, la improvisación, la magia. Pero esos gestos, que no vienen con el DNI argentino, son en realidad producto de nuestra historia social, económica y cultural, son capacidades que se desarrollan enfrentando problemas reales, tomando decisiones en tiempo real, negociando con otros, equivocándose, probando y volviendo a intentar. Tal como manifestó el DT Lionel Scaloni, en la conferencia de prensa posterior al triunfo ante Inglaterra: "estos jugadores son como indios, que se me entienda la expresión. Se han criado en situaciones extremas y no le tienen miedo a nada. La responsabilidad no les pesa; juegan como si tuvieran siete u ocho años". En otras palabras, esa creatividad para resolver situaciones difíciles no nace únicamente del entrenamiento, sino de una determinada forma de crecer.
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Si uno repasa las edades se da cuenta que la mayoría de los integrantes del equipo albiceleste pertenecen a generaciones que vivieron una infancia donde todavía reinaba el juego libre. Antes de firmar sus primeros contratos, llegar a clubes profesionales, tener entrenamientos de elite deportiva o agendas completamente organizadas, vivían y transitaban su experiencia cotidiana entre la casa, la escuela, el club y el potrero. Las verdaderas cuatro estrellas de la socialización argentina. De chiquitos se pasaban horas enteras jugando en la calle, en la plaza, en el playón del barrio, el patio de la escuela, en un baldío, un terreno abandonado o un potrero. Armaban pelotas con medias, trapos, papeles, latas, botellas, ropa, piedras. En la cabeza de un niño que quiere jugar cualquier cosa tiene forma de pelota. En esos espacios, generalmente sin adultos, las reglas se discutían puertas adentro, entre los propios pares, lo que daba la posibilidad de crear, volver a probar, improvisar, equivocarse, y encontrar soluciones en tiempo real.
En 2026, en un mundo diferente, con otra velocidad, otros consumos, otras instituciones, otras formas de relacionarnos y sobre todo otra forma de entender el tiempo, las condiciones que permitían la existencia del potrero y el juego libre casi no existen. Mientras admiramos las conquistas de una generación de jugadores que todavía creció en ese ecosistema, perdemos de vista que la infancia argentina, especialmente en las grandes áreas metropolitanas, atraviesa transformaciones profundas como consecuencia de múltiples factores: la precarización e intensificación del trabajo de loa adultos responsables; la pérdida de tiempo disponible en las familias; la creciente inquilinización y la desterritorialización; la reducción de la autonomía infantil por la percepción de inseguridad; la falta de espacios públicos de calidad en muchos barrios; las nuevas formas de crianza replegadas al privado; la crisis que atraviesan los clubes de barrio e instituciones comunitarias; y una vida mediada por dispositivos digitales que configuran subjetividades, moldean la identidad, concentran la atención, afectan la motricidad e impactan en los lazos.
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Hace algunos años, Pablo Aimar, ayudante de campo y mano derecha del DT argentino, explicó en una entrevista que para la formación de un jugador, antes que las tácticas y la disciplina deportiva, estaba la posibilidad de jugar a la pelota sin reglas, libre, en la cancha del barrio, en el potrero, en la calle, entre amigos: “Hoy los pibes solo juegan ese rato que van al club", explicó. En esas circunstancias es donde se ponía a prueba lo aprendido, se diseñaban nuevas soluciones y resolvían problemas por sí mismos, casi sin ayuda de los adultos. “Hoy eso ya no pasa”, afirmó el ex jugador.
Esto mismo señala Gustavo Varriano, profe de la categoría 15 de futbol del Club Villa Ideal, quien encuentra notorias diferencias entre la actualidad y los chicos que asistían a los entrenamientos hace una década: “Venían después de haber jugado horas y horas picados en la calle, en una plaza, en un potrero, pateando frente a arcos hechos con mochilas del colegio, botellas o piedras apiladas, de estar andando en bici, corriendo, trepando. El movimiento era parte natural de la vida y todo ese tiempo, que estaban realizando estas actividades, ayudaba a darle mayor amplitud o cantidad de movimientos y a trabajar la coordinación general". El técnico aclara que, esto no significa necesariamente que hoy sean peores jugadores, y una de las ventajas de esta época es que pueden consumir fútbol de todas partes del mundo y acceder a información que posibilita un un bagaje técnico, o de conocimiento de fútbol, superior a otros momentos.
Luego de su análisis, Pablo Aimar enfatizó que, en estas circunstancias, son los clubes de barrio los que tienen el desafío de intentar ofrecer durante los entrenamientos ese espacio de experimentación que antes surgía naturalmente en otros lugares. Alan Alberico, profesor de Educación Física y director técnico de Futsal, coincide con el análisis pero al mismo tiempo advierte que “es muy difícil que en una hora en el club, un profesor pueda suplir la enorme cantidad de horas que los niños en otras épocas dedicaban al gran maestro, que era el juego libre". Por eso valora el trabajo de capacitación y formación profesional que han adquirido los entrenadores, en todos los ámbitos y niveles competitivos, con ese fin: “Eso es algo positivo, hay más información, más cursos y mas concientización acerca de la necesidad de formarse pedagógicamente para estar al frente de un grupo de niños”.
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El potrero como institución social
El potrero no es únicamente la cancha de tierra del barrio. En realidad, el potrero fue una institución social vinculada al deporte, pero también a la socialización, la educación y la cultura argentina. Un dispositivo colectivo que organizó, operativa y socialmente, la infancia de varias generaciones, sobre todo de varones, y que produjo mucho más que futbolistas talentosos. En el barro se aprendía a jugar, pero también a negociar, a compartir, a frustrarse, a esperar, a perder, a insistir y a convivir con la incertidumbre. El potrero fue, antes que nada, una escuela de autonomía, un espacio donde los chicos tomaban decisiones sin la intervención permanente de los adultos, done tenían sus reglas, resolvían conflictos entre pares (con o sin pinas), enfrentaban situaciones adversas y desarrollaban una inteligencia profundamente ligada a la experiencia corporal.
La creatividad del fútbol argentino puede entenderse como el resultado de una interacción permanente entre las capacidades, individuales y colectivas, y un ambiente, generalmente adverso, en el que esas capacidades se desarrollan. La gambeta es justamente la expresión misma de miles de horas de juego libre, de cuerpos haciendo malabares contra obstáculos concretos, de jugadas inventadas y decisiones tomadas en micro segundos. Liam Gallagher, cantante de Oasis, inglés y fanático del fúbtol lo expresó son mucha simpleza en un tuit despues del triunfo argentino: “Inglaterra no ganará un Mundial hasta que nos volvamos callejeros y eso vale para los entrenadores, todo se ha vuelto demasiado técnico, deja que los chicos corran libres".
Lo que muchos llaman “talento”, que en casos excepcionales tiene un componente de origen innato, en general condensa un conjunto de disposiciones incorporadas socialmente a través de la experiencia, el aprendizaje del cuerpo y la cabeza, los diferente ritmos posibles, distancias, las formas de moverse, leer los entornos y reaccionar a determinadas situaciones. Al respecto, el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton sostiene que el cuerpo nunca es solamente biológico, sino una construcción social que incorpora las marcas del ambiente y la época en el que vive. Desde esa perspectiva, la inteligencia futbolística, la chispa que diferencia al jugador argentino de cualquier otro, puede interpretarse como una forma de conocimiento y manejo corporal y emocional que se desarrolla, sobre todo, en el juego libre, en el potrero, en el marco de una determinada organización de la vida cotidiana, hoy en peligro de extinción.
Cuando desaparecen las condiciones del potrero
Como toda institución social se modifica con el paso del tiempo, las demandas sociales y condiciones materiales. La transformación de estos espacios es multifactorial y abarca dimensiones muy diversas, que van desde cambios en la trama urbana, hasta nuevas preferencias de consumo en chicos o al avance de las nuevas tecnologías. En el siglo XXI, pero sobre todo desde 2010 hacia acá, pareciera ser que se ha naturalizado la idea de que las infancias “ya no salen a jugar a la calle” porque prefieren quedarse en las casas frente a una pantalla. Dicha explicación no solo simplifica un proceso que es profundamente social y político, sino que invierte el orden de los factores ya que el juego libre nunca dependió exclusivamente de la voluntad infantil. Son las condiciones materiales y simbólicas las que hacían posible esa experiencia que, especialmente en las grandes áreas metropolitanas, comenzó a modificarse de manera profunda.
La primera de esas condiciones, vinculada al capitalismo de plataformas, es la percepción y el valor del tiempo. Jugar en la calle o en el potrero suponía tardes enteras disponibles, en el verano incluso noches, partidos que duraban horas hasta que alguna mamá con la cena preparada auspiciaba de aguafiestas. Las infancias, los momentos de día y las actividades no estaba completamente organizados por un calendario o una programación atravesada por la lógica de la productividad y las pantallas. Esa experiencia hoy resulta casi imposible de encontrar en un contexto donde buena parte de las familias esta condicionada por jornadas laborales más extensas, multiempleos, viajes largos, cansancio y una creciente incertidumbre económica. El tiempo libre, el acceso al espacio verde, las actividades afuera de las casas, que muchas veces pensamos como elementos universales de la infancia, en los últimos años empezaron a convertirse en un privilegio, un lujo desigualmente distribuido.
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El otro gran punto es que el potrero también necesita territorio, sin ocupar, en algún barrio donde los chicos pudieran encontrarse, reconocerse y apropiarse del espacio público. Aquí intervienen varios procesos, propios del neoliberalismo económico, que en paralelo también modificaron esa relación con el territorio: la gentrificación, que ha corrido a las poblaciones nativas de sus lugares de origen; la reducción de espacios verdes, como consecuencia de la explosión de negociación inmobiliarios y la especulación financiera; y la creciente inquilinización que atraviesa a las grandes ciudades. Cuando las familias cambian de vivienda con frecuencia porque no pueden acceder a una solución habitacional estable, dejan de tener contacto con el territorio, y el barrio deja de ser un espacio de pertenencia para convertirse, muchas veces, en un lugar de tránsito. Con ello se debilitan los vínculos comunitarios entre vecinos, las redes de confianza, la vida del club y esa familiaridad que permitía que una plaza, una vereda o una canchita fueran percibidas como propias y cercanas.
A esa transformación en el plano sociourbano se suma otro fenómeno decisivo: la pérdida de autonomía infantil. Durante buena parte del siglo pasado era habitual que los chicos salieran solos del colegio, caminaran para ir al club, a tomar un helado, jugaran en la plaza o en la calle. Hoy esa escena se ha desvanecido y no solo en las grandes ciudades. La percepción de inseguridad, el aumento del tránsito, las nuevas formas de urbanización, la ruptura de lazos comunitarios, los modelos de crianza mucho más atravesados por la vigilancia, entre otras cosas, redujeron significativamente la libertad de movimiento de los niños y niñas.
Los consumos digitales y el abuso de las pantallas, que son hoy el gran problema de las infancias, no pueden comprenderse aisladas de todo lo anterior. Su crecimiento y el impacto que tiene en los procesos de socialización expresa el modo en que la vida cotidiana se reorganizó cuando otras experiencias comenzaron a volverse más difíciles, caras e insostenibles. No es casual que cuando se achicó el tiempo disponible, el espacio público perdió centralidad, se limitó la autonomía infantil y las familias enfrentan mayores exigencias económicas, los dispositivos digitales ocuparan parte de ese vacío.
De hecho una de las observaciones del DT Alan Alberico es que a la par de cambios en la motricidad, con respecto a antiguas generaciones en las cuales era habitual el juego libre en potreros y calles, se registra un marcado aumento en el déficit de atención “vinculado a la interferencia de los artefactos digitales". Los estímulos rápidos, el vertigo y la recompensa instantánea reducen la capacidad de atención sostenida, fomentan la impaciencia y dificultan el aprendizaje. “Las pantallas sin dudas afectan severamente a la capacidad atencional, y genera una necesidad de inmediatez que va en contra del respeto por los procesos - explica - la doble escolaridad también es un hábito que le quita tiempo de juego y recreación a los niños. La inseguridad es otro factor que hizo que los niños de zonas urbanas dejen de pasar tiempo libre y de juego en las calles. De todas formas en muchos sectores del conurbano y el interior se siguen conservando esas viajas costumbres, no es casualidad que muchos de los jugadores que se destacan actualmente, vengan de esas zonas".
Es necesario aclarar que todo este proceso tiene matices, niveles y diferencias. Lo que se observa es que si bien ocurre con mayor intensidad en las grandes áreas metropolitanas, donde se conjuga la densidad urbana, la crisis habitacional, la desigual distribución de los espacios verdes y las crecientes dificultades para sostener una vida comunitaria estable, en localidades más pequeñas del interior todavía persisten otras formas de sociabilidad infantil y una apropiación más libre del territorio. Sin embargo, incluso allí empiezan a sentirse transformaciones similares vinculadas con la digitalización de la vida cotidiana y la creciente institucionalización del tiempo de los chicos.
El último potrero posible
En ese contexto aparecen para salvarnos, como Messi en los peores momento del mundial, los clubes de barrio que, según estimaciones, son alrededor de 20 mil, reúnen a 16 millones de personas cada semana y constituyen una de las redes comunitarias más importantes del país. Espacios que, además de actividades sociales y formación deportiva, son una de las pocas instituciones capaces de reconstruir una experiencia de infancia callejera, colectiva y autónoma. Como dijo Aimar, hoy los profes de educación física y entrenadores infantiles se encuentran con chicos y chicas que pasan más horas en Tik Tok que jugando en la calle o en la plaza, y cuya principal, a veces única, experiencia con la pelota es en el entrenamiento.
El desafío, pareciera ser entonces, no solamente enseñar técnica o táctica, sino generar, durante un par de horas por semana, un espacio para experimentar, probar, equivocarse, negociar reglas, jugar con otros y desarrollar más autonomía. “De nada sirve tener a los chicos una hora haciendo preparación física y que no vengan más porque se cansan, porque lo que quiere es tener contacto con la pelota - afirma el profe Varriano - Mediante juegos hay que tratar de llevarlos a hacer esos movimientos, a desarrollar esa motricidad, que antes se hacía en los potreros. A veces pecamos los entrenadores de estar diciendo, ‘no, mirá, pasa la pelota, no te vayas por ahí, anda por acá’. Y en realidad, tal vez, tenemos que dejar que el chico cree, que resuelva él mismo la situación".
En los clubes se construyen vínculos, amistades, pertenencias, se contienen situaciones de vulnerabilidad y se sostienen formas de organización colectiva que difícilmente pueda reemplazarlas el mercado. Sin embargo, mientras su función social se amplía, también aumentan las dificultades para sostenerlos: el incremento de las tarifas, la pérdida del poder adquisitivo de las familias, la caída de subsidios, el deterioro económico de los últimos años, y la falta de políticas públicas de impulso. Alberico advierte sobre una “clara desatención del estado hacia las políticas de fomento al deporte” que termina impactando,entre otros espacios y dimensiones, en los clubes de barrio.
Quizás esa sea la paradoja más profunda que deja la reflexión de Pablo Aimar. Durante décadas, el club enseñaba una parte del fútbol y el resto lo resolvía la propia dinámica social vinculada al potrero. Hoy la comunidad depende del club como portador de una experiencia social que antes se desplegaba sola en el barrio, la plaza, la calle o la canchita. Por eso la pregunta que da inicio a esta nota no se responde únicamente desde el fútbol, sino y sobre todo desde la necesidad de pensar un modelo político, social, cultural y económico que acompañe a las familias e instituciones en la difícil tarea de construir infancias más libres y autónomas.
