La pelota y la imputabilidad de los menores

Los pibes del Centro Cerrado Francisco Legarra tienen a Mauro Amato, goleador de la Primera División, que los acompaña con una pelota, un silbato y abrazos de gol.

17 de febrero, 2026 | 12.46

En la primera práctica, Mauro Amato, ex jugador de Estudiantes de La Plata y muchos otros equipos, frenó el partido. Los pibes del Centro Cerrado Francisco Legarra, un instituto de adolescentes y jóvenes privados de la libertad en La Plata, jugaban sin reglas ni tácticas. Partidos salvajes. Uno de los pibes agarraba la pelota y quería eludir a todos los rivales, sin importar empujones ni patadas. “Así no, eso fue falta”, indicó Amato. “Profe, acá jugamos así”, lo frenaron los pibes. “Okey”, se resignó Amato. A la segunda práctica fue más temprano. Con una cinta y estacas armó los límites de la cancha. A esos primeros límites (señal poderosa para organizar algo más que el juego), Amato los fue llenando luego de abrazos, de charlas largas y de confidencias. Son pibes que, si el gobierno de Javier Milei completa el trámite legislativo y rebaja a catorce años la edad de imputabilidad, podrán ser encarcelados si vuelven a delinquir. “Igual delito, igual condena”, repiten los impulsores de la norma. Como si lo aplicaran con ellos mismos. Entre los adultos que tienen fueros. O poder blindado.

Cuando los pibes vieron esa nueva cancha, delimitada, Amato aclaró que también cobraría las faltas, las manos, porque el fútbol, les explicó, tiene un reglamento. Y que el fútbol y su presencia allí, siguió diciéndoles Amato, tenía más sentido si, además de respetar un reglamento, aplicaban también las normas del deporte colectivo. Defender todos. Atacar todos. Jugar libres pero con orden colectivo, el que ellos mismos dispusieran, para que lo sintieran propio y se hicieran cargo. Con el tiempo, Amato fue agregando fundamentos tácticos y técnicos. Porque jugaban (juegan) pibes que casi jamás lo habían hecho antes, junto con otros que sí tenían gran habilidad, y experiencia en equipos de futsal. Llegaron los premios. Pero no para el ganador ni para el goleador. Sino para el gol más bello. El más colectivo (como el que graficó una vez el ex crack Eric Cantona que, cuando le preguntaron por su mejor gol, eligió una asistencia a Ryan Giggs, que fue compañero suyo en Manchester United). 

 Amato cambió su vida cuando en los años ’90 leyó el “Nunca Más”, el libro publicado en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), el organismo creado por el gobierno de Raúl Alfonsín, apenas recuperada la democracia, que sirvió de prueba clave para la condena a los jerarcas de la dictadura de 1976-83. “Fue mi puntapié inicial, el detonante, para comenzar a querer hacer algo”, me contó Amato en charla radial reciente, en el programa Era por abajo, de la 1110 Radio de la Ciudad. Y lo primero que hizo fue celebrar un gol para Atlético Tucumán (el tercero en el triunfo 3-1 ante Godoy Cruz) levantándose la camiseta para mostrar la que llevaba debajo: fondo negro con pañuelos blancos y la leyenda “Aguanten las Madres”. Lo hizo el 7 de octubre de 1999, cuando Tucumán era gobernado por el genocida Antonio Bussi, ex general, luego condenado por delitos de lesa humanidad durante la dictadura, pero en esos años todavía poder temible en la provincia. Tanto que, al día siguiente, el gesto valiente de Amato, infrecuente en el mundo conservador del fútbol, no tuvo foto ni crónica en La Gaceta, diario tradicional e histórico de la provincia.

Retirado como jugador, Amato dirigía hace dos años una tarde a la séptima división de Estudiantes de La Plata. Le dio curiosidad ver a pibes detenidos del Instituto de Menores Carlos Pellegrini con permiso ese día para ver el entrenamiento. Sintió curiosidad para ver “cómo vivían ellos en un contexto de encierro”. Así llegó días después al Legarra. Preguntó si podía hablar con los pibes, para decirles quién era y si podía ayudar a organizarlos con el fútbol. Fue el nacimiento de su taller “Fútbol y Valores”. El taller que ofrece martes y jueves. Ya con charlas y confianzas más profundas. Sobre fútbol, pero especialmente sobre la vida. El proyecto lo entusiasmó tanto que Amato dejó su trabajo en Estudiantes. Sintió que tampoco no tenía ya mucho que hacer allí. Donde el objetivo central es la competencia. El “éxito”.  

Había leído yo algunas crónicas sobre el trabajo de Amato. Pero lo conocí más profundamente gracias a que el colega Christian Rémoli me acercó su documental de quince minutos del Comité Nacional para la Prevención de la Tortura. El mismo Comité cuyas estadísticas desmienten de forma rotunda que el delito de menores sea la supuesta plaga que alimentó siempre el discurso de algunos legisladores y periodistas estrellas de la TV. En el documental de Rémoli, el propio Amato cuenta que le dijo a los pibes que quería conectarse con ellos, no con sus condenas. Y también hablan, entre otros, Jonathan, Felipe y Daniel, solo algunos de la casi treintena de pibes de entre 16 y 20 años que ahora, cada martes y jueves,  esperan entusiasmados al “profe”. Los pibes, que en el Legarra tienen también talleres de electricidad, carpintería, herrería y huerta, hablan de sus experiencias.  Y, aunque el documental fue elaborado hace más de un año, hablan también de los proyectos que ya entonces buscaban bajar la edad de la imputabilidad. “Dicen que la quieren bajar a trece años”, dice uno de los pibes. “Pero si luego encuentran que delinque un pibe de once, entonces ¿qué harán? ¿La bajarán a once?”.