Fue la comitiva oficial más numerosa de los ya 15 viajes de Javier Milei a Estados Unidos. El 80% de los participantes en la “Argentina Week”, en Nueva York, fueron argentinos. El Presidente no organizó ni una sola reunión con los 11 gobernadores sometidos al oficialismo que integraron la misión. Las dos únicas inversiones privadas anunciadas correspondieron a empresas de Marcelo Mindlin y de Mercado Libre, y podrían haberse difundido perfectamente en Buenos Aires.
En esta descascarada escenografía de fortaleza política y apoyo empresarial quedó expuesta, además, la interna a cielo abierto en el mundo libertario, con el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, dando explicaciones sobre por qué subió al avión presidencial a su esposa. El cuadro se completó con el absurdo de Milei convocando al sector privado a invertir en el país mientras calificaba a los industriales argentinos de “chorros” y “prebendarios”, apuntando contra Paolo Rocca, dueño de Techint y de la mayor fortuna empresaria del país según el último ranking Forbes, y contra Javier Madanes Quintanilla, dueño de Fate y Aluar.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
La puesta en escena es bastante parecida a la de los noventa, aunque con la diferencia de que, en esos años, había interés de capitales del exterior en invertir en bonos, acciones, privatizaciones y compra de empresas argentinas. Ahora no.
La inversión extranjera directa es negativa. Las cotizaciones de papeles locales están retrocediendo desde los máximos de enero del 2025. El riesgo país se mantiene elevado, en el rango de 550 a 600 puntos. No hay interés de capitales extranjeros por desembarcar en Argentina. Más bien sucede lo contrario: varias multinacionales ya se fueron o están planeando irse del mercado local.
La burbuja de la ficción libertaria
El experimento liberal-libertario se desarrolla dentro de una inmensa burbuja de ficción: el superávit fiscal es inconsistente; el Banco Central no acumula reservas netas, más bien profundiza la tendencia decreciente; no hay desinflación, sino aceleración inflacionaria; no existe un proceso de modernización de la estructura productiva, por el contrario avanza una veloz desindustrialización; el mercado laboral es cada vez más frágil y fragmentado; y los ingresos de la mayoría de la población se pulverizan mes a mes.
La escena mileísta en Nueva York fue un compendio del momento político y económico del oficialismo. Sobreactuación de liderazgo global, pero escasa densidad material para sostener el relato. Milei viaja, habla, insulta, se presenta como héroe de una cruzada civilizatoria contra el estatismo y la justicia social, pero la economía real no acompaña esa narrativa. También quedó expuesta la soberbia de los ignorantes: su defensa de Adorni basada en el concepto “costo marginal”, según el cual, si había una butaca vacía en el avión o la habitación del jefe de Gabinete tenía una cama matrimonial, y, por lo tanto, no representaba un gasto adicional al Estado, es la demostración de que no entiende de lo que habla o que es un excelente actor de variedades con capacidad de seducir a auditorios inocentes.
Milei insulta a los industriales
La fantasía libertaria supone que el capital privado está esperando apenas una señal ideológica para lanzarse a invertir. Es una visión infantil del funcionamiento del capitalismo. La inversión no responde a discursos, sino a expectativas de rentabilidad, estabilidad macroeconómica, escala de mercado, financiamiento, infraestructura, demanda y previsibilidad política. Ninguna de estas variables luce hoy sólida en la Argentina de Milei.
El mundo empresarial puede celebrar una reforma laboral regresiva o una baja de impuestos, pero si al mismo tiempo observa caída del consumo, cierre de fábricas, desplome del empleo formal, atraso cambiario, fragilidad externa y conflictividad social en aumento, difícilmente decida comprometer capital de largo plazo. Menos aún si el Presidente, en uno de sus habituales descontroles planificados o no, puede lanzarlos al cadalso.
Después de varios cachetazos, la Unión Industrial Argentina emitió un comunicado crítico en el que mencionó, por primera vez con un sesgo de crítica, a Javier Milei. Pero no para hacerlo responsable del industricidio que vienen consintiendo, sino apenas para expresar su preocupación por los modales presidenciales.
La principal inconsistencia del mileísmo es que promete un orden económico sustentable mientras erosiona, una por una, las bases que podrían volverlo viable. Sólo actividades específicas, como hidrocarburos, minería y agro, pueden esquivar el desastre del “orden libertario”, y lo hacen no por mérito del diseño económico, sino porque su dinámica depende de factores que exceden esa política.
Milei presenta como virtud lo que es un síntoma de debilidad. Muestra como fortaleza fiscal lo que en realidad es la licuación del gasto previsional, de los salarios públicos y de las transferencias a provincias. Exhibe como ancla antiinflacionaria lo que es el atraso del tipo de cambio y la represión de ingresos. Vende como apertura modernizadora lo que funciona como demolición de capacidades productivas. Y expone como normalización financiera lo que sigue siendo una economía con reservas netas negativas y sin acceso al crédito internacional voluntario.
Superávit dibujado y sin reservas disponibles
El publicitado superávit fiscal, núcleo del relato libertario, está construido sobre bases precarias. No surge de una reorganización virtuosa del Estado ni de una mejora de la eficiencia del gasto público. Surge, sobre todo, de la poda de partidas sensibles, del incumplimiento de obligaciones, de la motosierra sobre la inversión pública y de una licuación feroz de los ingresos.
Además, sin acumulación genuina de reservas, cualquier equilibrio es transitorio. El Banco Central sigue sin poder recomponer una posición robusta de reservas netas. Sin ese colchón, la política cambiaria queda a merced de cualquier shock externo o de cualquier cambio de humor financiero.
Milei apostó a una estrategia de atraso cambiario para desacelerar precios, con consecuencias conocidas. Entre ellas, el deterioro del entramado productivo por el ingreso creciente de importaciones. Se trata de una típica estabilización frágil, apoyada en anclas transitorias, como tantas otras experiencias del pasado que terminaron en fracaso.
Qué pasará con la promesa de Milei de una inflación con cero adelante
El proceso de desinflación quedó trunco. Hace nueve meses que la tasa de inflación del INDEC no desciende. En lo que va de su mandato, lo que hizo Milei fue reemplazar una dinámica por otra: de una inflación alta con cierta indexación salarial a una inflación todavía elevada, pero con ingresos pisados y consumo en retroceso. Es decir, una desinflación socialmente regresiva, sostenida sobre el sacrificio de la mayoría y no sobre una reorganización consistente de precios relativos, producción y sector externo.
La inflación oficial subestima el deterioro real y, por lo tanto, refuerza el carácter ficticio del relato. El Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)-DATA presentó el informe “La verdadera inflación de Milei”. Explica que “ante el interés del gobierno por ocultar la realidad y la desidia del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos por mostrarla, contribuimos al debate nacional haciendo el ejercicio de actualizar los ponderadores”. De este modo compararon la evolución de la inflación con tres canastas alternativas a la que utiliza el gobierno. El resultado fue el siguiente:
- Mientras la inflación oficial acumulada por el INDEC durante el gobierno de Milei fue de 280,5 por ciento, la que surge de actualizar la metodología con la encuesta 2017/18 habría ascendido a 297,9 por ciento, es decir, 17,5 puntos porcentuales más.
- Si se actualizan los ponderadores a diciembre de 2025, la inflación habría sido de 302,5%, es decir, 22,0 puntos porcentuales mayor.
El estudio también subraya que la inflación golpea relativamente más a los sectores de menores ingresos. De acuerdo a la canasta de consumo del 10% más pobre de la sociedad, la inflación que sufrieron durante el gobierno de Milei fue de 308,0%, unos 27,5 puntos porcentuales por encima de la inflación oficial que registra el INDEC.
Mientras tanto, el aparato productivo recibe el impacto de una combinación devastadora: apertura importadora, recesión, tasas de interés incompatibles con la inversión productiva y un tipo de cambio atrasado. El resultado es un proceso acelerado de desindustrialización. Las empresas no cierran porque sean ineficientes frente a un capitalismo competitivo y virtuoso. Quiebran porque enfrentan un contexto macroeconómico hostil, demanda deprimida, costos financieros elevado y competencia externa sin control.
El deterioro del mercado laboral es la contracara social de esta estrategia. Más precariedad, informalidad, changas, cuentapropismo y fragmentación ocupacional para conformar una economía familiar de subsistencia.
Modelo de concentración y disciplinamiento social
La licuación del salario real y de las jubilaciones reduce el consumo y desordena la vida cotidiana. En este marco, la promesa libertaria de prosperidad individual se revela como una coartada ideológica para legitimar un modelo de concentración del ingreso y disciplinamiento social.
La agresión de Milei contra los industriales Rocca y Madanes Quintanilla y la industria nacional en general no fue sólo un desborde. Fue la explicitación de un proyecto de país. El Presidente no busca arbitrar tensiones entre fracciones del capital para promover la acumulación y el desarrollo. Busca construir un orden dentro del poder económico, premiando a sectores financieros, energéticos y de servicios globalizados, mientras desprecia a la industria que reclama mercado interno, crédito y protección. Es una disputa al interior del establishment, no una pelea contra el establishment.
Por eso la “Argentina Week” terminó mostrando más de lo que pretendía ocultar. No mostró una lluvia de inversiones, sino una búsqueda desesperada de validación externa. No reveló cohesión oficialista, sino internas, improvisación y un liderazgo que necesita viajar, insultar y exagerar para sostener una centralidad que la economía empieza a erosionar.
El problema para Milei es que el mercado puede tolerar un tiempo el show, pero no indefinidamente la inconsistencia. Cuando faltan dólares, cuando no llegan inversiones productivas en otros sectores que no sea para la minería y el petróleo y gas, cuando los bonos dejan de subir, cuando la actividad no repunta y cuando el malestar social se expande, la retórica pierde eficacia. Más aún en un contexto mundial convulsionado por la guerra en Medio Oriente.
MÁS INFO
