¿Board of Peace o el emprendimiento inmobiliario sobre un genocidio?

Mientras Donald Trump institucionaliza la "Junta de Paz" como una estructura de gobernanza financiera y militar sobre Gaza, Javier Milei suma un nuevo viaje a EE. UU. para alinear a la Argentina con un proyecto que transforma la tragedia humanitaria en un plan maestro inmobiliario.

22 de febrero, 2026 | 12.18

El 19 de febrero Donald Trump reunió en Washington la sesión inaugural de su llamado “Board of Peace”, una arquitectura internacional ad hoc que pretende administrar la “posguerra en Gaza”, canalizando fondos de reconstrucción y desplegar una “Fuerza Internacional de Estabilización”. Trump prometió una contribución estadounidense de 10.000 millones de dólares y celebró compromisos de otros miembros, mientras el esquema condiciona la reconstrucción al desarme de Hamas y de toda la resistencia palestina.

La iniciativa exhibe un sesgo violento: el rediseño de un territorio devastado por un genocidio se presenta como una cartera de inversiones a megaproyectos inmobiliarios, y con un entramado financiero que ya busca su cuotaparte de ganancia.

En ese marco, Javier Milei viajó a Estados Unidos para participar del encuentro, constituyendo otro hito de una política exterior de alineamiento automático, y ofreció la colaboración de los Cascos Blancos. Toda la escena condensa el carácter neocolonial del programa mileísta: subordinación estratégica, irrelevancia material y uso comunicacional del viaje para correr del centro de la agenda el conflicto social interno, con una reforma laboral que se manifiesta sólo como una ofensiva del gran capital sobre el conjunto del Pueblo argentino.

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La Cumbre del 19 de febrero

En los discursos del poder angloamericano y sus satélites, los territorios de Palestina aparecen como un espacio determinado por un falso “posconflicto”, a ordenar con tecnocracia, tropas extranjeras y fideicomisos inmobiliarios. El lenguaje mismo del proyecto lo delata: “plan maestro”, “zonas turísticas costeras”, “torres de uso mixto”, “técnicos”, “policías”, “estabilización”. No hay genocidio: hay una “oportunidad”. No hay memoria: hay render 3D. No hay un Pueblo: hay un “área” a ocupar con inversiones y un futuro promisorio.

Ese desplazamiento no es un accidente: es la forma contemporánea de la dominación en la nueva fase del capital, donde la violencia militar genocida ocupa territorios y la violencia financiera los apropia. Reconstruir se vuelve un negocio, y la paz una etiqueta de gobernanza para administrar el botín.

El Board of Peace celebró su primera reunión de líderes el 19 de febrero de 2026 en Washington, en un acto que Trump presentó como el inicio de un organismo con pretensiones planetarias, “alternativa” a Naciones Unidas. Al Jazeera sintetizó la apuesta: el foco inmediato fue anunciar estrategias y fondos para la reconstrucción de Gaza, y ampliar detalles de una International Stabilization Force (ISF) vinculada al “Plan de 20 puntos” de la administración Trump. Así se explicitó el núcleo duro del programa: “un alto el fuego escalonado en Gaza, el desarme de Hamás y el establecimiento de una estructura de gobernanza tecnocrática”.

Los compromisos detallados por Reuters permiten ver el mapa del alineamiento al trumpismo: Emiratos Árabes Unidos (1.200 millones), Qatar (1.000 millones), Arabia Saudita (1.000 millones), además de ofertas de “gobierno digital” desde Bahréin, asistencia educativa desde Uzbekistán y aportes alimentarios desde Kazajistán. En ese mismo recuento, Indonesia explicitó el costado más crudo: se dijo lista para “contribuir con 8.000 o más tropas”. A estos se sumarían Marruecos, Kazakhstan, Albania y Kosovo (de limitado reconocimiento internacional), mientras Egipto y Jordania entrenarían policías. En otros términos: un despliegue militar sobre un territorio sometido a genocidio es el nuevo instrumento de la Paz.
Trump explicitó su estrategia de doble movimiento: militarización y financiarización. En la reunión afirmó que “nueve países miembros han comprometido 7.000 millones de dólares” y que Estados Unidos aportaría “10.000 millones de dólares”. Reforzó el encuadre político del dinero con una frase clave: “Cada dólar gastado es una inversión en estabilidad y en la esperanza de una región nueva y armoniosa”. En otras palabras: el dólar ahora es el lenguaje de la Paz.

Washington Post aportó dos elementos que ayudan a entender el dispositivo: la creación de una fuerza policial local y la escala del plan militar. Según la crónica, un comité de “tecnócratas” palestinos -aprobados por el esquema- planteó una “fuerza policial local” que “será desplegada en 60 días”, pensada para complementarse con una ISF de “20.000 efectivos” en el “largo plazo”. Es decir, control territorial por etapas: policía local bajo tutela, fuerza internacional como columna vertebral y un despliegue inicial “cerca de Rafah”, seguramente con el “big brother” de las empresas Palantir y Paragon, en manos de las FDI de Israel, monitoreando -y direccionando- todo el accionar operacional.

La pregunta por quiénes estuvieron y quiénes no revela el patrón político. Al Jazeera marcó que “las principales potencias europeas, entre ellas Francia, Alemania, el Reino Unido y España, han rechazado las invitaciones”. También indicó que Ursula von der Leyen declinó asistir y que el Papa León XIV rechazó sumarse, afirmando que las crisis deben ser gestionadas por Naciones Unidas.

En el conjunto de asistentes, y este punto es decisivo, se recorta con nitidez la imagen del nuevo alineamiento internacional: un Medio Oriente proestadounidense (Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Qatar, Bahréin y Marruecos), una Asia selectiva y funcional (Indonesia y Vietnam) y una Eurasia periférica (Kazajistán y Uzbekistán), junto con aliados políticos de Donald Trump en Europa del Este y los Balcanes (Hungría, Albania y Kosovo).

El Washington Post añadió el detalle del nivel jerárquico de la representación presente en la sala, señalando la asistencia de “los presidentes de Indonesia y de Argentina, el primer ministro de Hungría y el rey de Bahréin”. La “paz” que allí se escenifica no es otra cosa que una coalición de conveniencia, bajo una presidencia de facto e indefinida de Trump, integrada por países que aportan cheques, tropas o, simplemente, legitimación política a un dispositivo de control y reordenamiento imperial.

Gaza como una “oportunidad inmobiliaria”

Jared Kushner, el yerno de Donald Trump, lleva años presentando Gaza como “oportunidad inmobiliaria”. Ya en 2024 fue capaz de anunciarlo sin tapujos: “La propiedad costera de Gaza podría ser muy valiosa”, añadiendo su deriva más brutal al afirmar que “haría todo lo posible por sacar a la gente de allí y luego limpiarlo”. Desplazar población, limpiar el territorio, valorizar la costa. Todo puede sonar muy lindo hasta que se recuerda que la dinámica colonial sionista es, en los términos del historiador israelí Ilan Pappé, una limpieza étnica.

En enero de 2026, en el Foro de Davos, Kushner volvió a desplegar su proyecto, ahora institucionalizado en el Board of Peace. La formulación del que supo ser Consejero Superior del Presidente Trump entre 2017 y 2021 es tan cínica como reveladora: “la paz es un acuerdo distinto a un acuerdo de negocios”. Sin embargo, en la misma intervención, el propio Kushner no dejó de definir su proyecto como “muy emprendedor”, donde la Paz para Palestina fue presentada como una operación inmobiliaria. “Lo número uno va a ser la seguridad… Sin seguridad, nadie va a hacer inversiones”. No hay, en esta concepción, derechos colectivos, ni autodeterminación, ni justicia. Hay, exclusivamente, “seguridad para las inversiones”.

El “plan maestro”, ya incorporado al Board of Peace, implica la construcción de ciudades planificadas, industria de alta tecnología, infraestructura inteligente de transporte y una “nueva ribera mediterránea con 200 hoteles y posibles islas artificiales”

Pareciera que la devastación de Gaza haya sido tan sólo el estudio de factibilidad de un hotel resort, y el genocidio una acumulación originaria para los intereses del gran capital angloamericano.

A propósito, el diario Financial Times informó que JP Morgan estaba en conversaciones para ser el banco del Board of Peace. No alcanza con prometer 10.000 millones: hay que administrarlos, moverlos, valorizarlos, convertirlos en contratos, deuda, concesiones y, finalmente, propiedad. Es el viejo ciclo de acumulación por desposesión, en la dinámica neofascista del siglo XXI.

Milei, el viaje número 14 y la política exterior como tutela neocolonial

Javier Milei viajó por décimo cuarta vez a los Estados Unidos desde que es presidente, y habló en la sesión inaugural del Consejo de Paz. En su discurso, definió la iniciativa en el credo de la “nueva Argentina”: “defendemos el derecho a la vida, la libertad y la propiedad”. En esa tríada está el programa completo: la propiedad palestina robada, como horizonte moral y como criterio exclusivo de la Paz.

Legitimando obsecuentemente el liderazgo de Trump y la arquitectura militar del Board, Milei ofreció el aporte argentino: “Ponemos a disposición la colaboración de nuestros Cascos Blancos”. En términos materiales, se trata de un gesto menor dentro de un esquema que discute el despliegue total de unos 20.000 efectivos, policía local, y fondos por decenas de miles de millones de dólares.

En términos políticos, todo es una pantomima de su occidentalismo dogmático. Es que Milei no viaja para construir autonomía, viaja para confirmar nuestra tutela neocolonial.

Además, la política exterior del mileísmo funciona como cortina de humo de un reordenamiento social regresivo. Mientras se declama “Paz” en Washington, se impulsa en Argentina una guerra económica contra la Clase Trabajadora. La reforma laboral que se impuso, en sintonía con AmCham y el gran empresariado nucleado en la AEA, transfiere cargas patronales a los trabajadores, institucionaliza una política eugenésica sobre la tercera edad, empuja una lógica de valorización financiera sobre las indemnizaciones por despido, y normaliza la sobreexplotación en el trabajo formal, mientras condena a la extensa clase trabajadora precarizada, subempleada y negreada al hambre como un factor estructural de disciplinamiento.
En esa matriz, las plataformas digitales son asumidas como un mecanismo algorítmico de recomposición de la esclavitud, donde el Estado ha dejado de ser garante de derechos para convertirse en el garante de grandes negocios financieros. La “paz” que Milei aplaude afuera es la misma “paz” que busca imponer adentro: paz de cementerio social, orden para el capital, represión y criminalización de la protesta social.

No sorprende, entonces, que el Board of Peace se piense con tropas y fideicomisos, mientras la Argentina se piensa con reforma laboral y transferencia de ingresos. En ambos casos, el dispositivo es idéntico: disciplinamiento de mayorías y garantía de rentabilidad para minorías. El capital angloamericano -financiero y tecnológico- aparece como el organizador del tablero geopolítico. Y si encima JPMorgan busca bancarizar el Board, la línea que une Washington con Buenos Aires no necesita demasiadas explicaciones.

Palabras de cierre

La historia enseña que cuando el imperialismo dice la palabra Paz, suele estar hablando de pacificación. El Board of Peace es, en esa clave, un ensayo de gubernamentalidad imperial: reconstrucción condicionada, administración tecnocrática, despliegue militar y captura financiera del territorio. Gaza se vuelve el laboratorio de una “Paz” sin pueblo, sin autodeterminación y sin memoria sobre la cantidad de sangre inocente derramada.

Si esto es paz, entonces la paz es un negocio, y el negocio necesita un banco, un sello diplomático y un ejército que lo respalde.

Milei, al poner la Argentina en esa foto, confirma su rol: no el de un actor soberano en el concierto planetario, sino el de una periferia que busca aprobación del centro a cambio de disciplinamiento interno. Viaja para ser visto, no para incidir.

El Board of Peace no es sólo un evento. Es una metáfora del mundo que nos quieren imponer: un planeta donde los genocidios se “resuelven” con emprendimientos inmobiliarios y financieros, donde la política se reemplaza por la gerencia, y donde la paz se mide en dólares “invertidos” y no en justicia, verdad y reparación.

Frente a eso, la tarea es desenmascarar la retórica humanitaria cuando encubre acumulación por desposesión, y reconstruir -desde abajo- una concepción de paz que no sea la pacificación pretendida por el gran capital: un emprendimiento inmobiliario montado encima de un genocidio.
 

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Matías Caciabue

Politólogo y Docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional.