Numerosas interpretaciones tienden a validar el poder estadounidense a partir de su capacidad militar, un dato difícil de soslayar. Sin embargo, cabe preguntarse ¿por qué si una potencia tiene el poder necesita recurrir sistemáticamente al uso de la fuerza?. Según la teoría política clásica el principio del poder reside en la obediencia y en la internalización de la autoridad, por lo tanto, el recurso permanente a la coerción revela un déficit de legitimidad.
En las últimas décadas, Estados Unidos ha ido acumulando detractores, lo que se manifiesta en la falta de consenso global en torno a su visión del orden internacional y en que numerosos Estados busquen asociaciones alternativas que ofrezcan mejores réditos económicos, condiciones menos asimétricas y, en ciertos casos, mayores garantías de seguridad. Por eso su nueva política exterior se apoya en la coerción, especialmente para impedir que en su “patio trasero” se consoliden vínculos con su principal rival estratégico: la República Popular China.
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La Estrategia de Defensa Nacional y la (in)seguridad global
Estados Unidos ha lanzado una advertencia pública a través de su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) y su Estrategia de Defensa Nacional (EDN) presentadas en diciembre de 2025 y enero de 2026: empleará la fuerza letal para reemplazar la ley con la excusa de asegurar las fronteras en su hemisferio y combatir “cárteles del narcotráfico”. Pocos análisis consideraron esto parte de un resurgimiento de la doctrina de guerra preventiva, como se vivió a principios de siglo con George W. Bush y su apuesta por el unipolarismo unipolar, es decir, la primacía de Estados Unidos y su desobediencia a las normas del multilateralismo vigente. De algún modo lo que experimenta la humanidad por estos días no es nuevo, pero sí es más grave.
El trauma geopolítico que devino con los ataques del 11 de septiembre de 2001 tiene semejanzas ineludibles a la actualidad: unilateralidad, empleo de la fuerza militar, control de fuentes energéticas, propagación de terror global e incertidumbre. Vale aclarar que en ambos momentos el terror era operado por la potencia norteamericana que definía los enemigos y su grado de amenaza, tanto para su “seguridad nacional” o a escala global.
Sin embargo, la cruzada actual es menos ambiciosa, entre otras razones porque pasado un cuarto de siglo, el deterioro de la hegemonía estadounidense ha ubicado a sus líderes en una posición defensiva frente a la vertiginosa emergencia de competidores globales, especialmente en Asia. El secretario de Guerra Pete Hegseth lo expuso elocuentemente en el Foro Nacional de Defensa Reagan, días antes de la publicación de la ESN: Estados Unidos no se encuentra en condiciones de liderar una disputa global. Hegseth añadió que hay cuatro líneas de acción dentro del Departamento de Guerra que ahora vemos impresas en la nueva estrategia: 1) defender el territorio estadounidense y el hemisferio occidental; 2) disuadir a China mediante la fuerza, no mediante la confrontación, esto quiere decir, atacar a aliados que la dejen vulnerable; 3) aumentar el reparto de cargas entre los aliados y socios de Estados Unidos; y 4) dinamizar la base industrial de defensa estadounidense.
Está claro que el principal rival en la arena mundial para Estados Unidos es la República Popular China, convertida en el principal polo de producción e innovación científico-tecnológica global, así como el mayor dinamizador comercial con proyección de largo plazo. Cuando en 2001 China ingresó a la Organización Mundial de Comercio representaba apenas el 5% mundial, en la actualidad lidera el comercio de mercancías con 13%, incluso superando a Estados Unidos (11%). El dato más revelador para la coyuntura en esta competencia desafiante es que China ha superado a Estados Unidos en la capacidad de refinamiento petrolero con 18,51 millones de barriles diarios contra 18,41, respectivamente.
China es un poder en el tablero mundial reconocido por Estados Unidos, por eso recurre, como diría el Capitán Liddell Hart a “la aproximación indirecta” como estrategia de debilitamiento del adversario.
¿Cómo asume Estados Unidos su pérdida de liderazgo global?
La ESN y la EDN reconocen las limitaciones actuales de Estados Unidos. Por ejemplo, el reparto de cargas y responsabilidades que se corrobora en la presión ejercida durante 2025 para elevar los presupuestos de defensa de los Estados europeos integrantes de la OTAN al 5 % de su PBI, da cuenta de que Washington necesita mayor margen de maniobra, dejar de “apadrinar” a Europa y aprovechar la situación para hacer negocios en el Complejo Militar-Industrial y Tecnológico. Más importante aún, reconoce el rechazo de la dominación global para sí, a la par que asume la tarea de prevenir que otros poderes la ejerzan, incluso en el plano regional. Esto se interpreta como una actitud obstructiva para impedir el avance de un orden mundial alternativo al que edificó Estados Unidos para favorecer el liderazgo occidental. Y lo más elocuente: recurrirá a la fuerza para llevarlo a cabo.
El multilateralismo alternativo liderado por China promete un orden mundial que ya viene dando muestras de eficacia. Los BRICS+ integran el 51% de la población mundial y el 40% de su PBI. A su vez, la Iniciativa de Franja y la Ruta le han permitido expandir la Organización de Cooperación de Shanghái hacia Asia occidental y más recientemente algunos líderes europeos junto a Canadá plantean levantar sanciones para profundizar la asociación con Beijing. Mientras tanto, a Washington no le queda más que aceptar que solo dispone de una porción de las cartas en el juego y pondrá todo el mazo en su hemisferio para controlarlo y entorpecer cualquier plan extracontinental.
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El cambio de estrategia de Trump
Tal vez lo más significativo de su postura ante el mundo y que puede explicar mejor la conducta que está teniendo recientemente es el orden de prioridades que establece por región. Por primera vez el llamado “hemisferio occidental” encabeza su estrategia. Mientras que la ESN elaborada en el primer gobierno de Trump partía de la región Indo-Pacífica, Europa y “Medio Oriente”, su sucesor Joe Biden la ubicó en tercer orden de importancia. Trump, coherente con la retórica esgrimida desde que ganó las elecciones en noviembre de 2024, incorporó un “corolario” con su nombre a la Doctrina Monroe para destacar la prelación de América Latina y el Caribe en su estrategia, y luego de atacar militarmente a Venezuela y secuestrar a su presidente pasó a hablar de la Doctrina “Donroe”.
Este cambio puede leerse como un necesario repliegue para recuperar bríos. América Latina y el Caribe, aunque no haya encabezado los documentos de estrategia estadounidense en años anteriores, ha tenido una relevancia irrefutable históricamente, al punto que la primera doctrina de política exterior de Estados Unidos fue la Doctrina Monroe en 1823. Las razones de esta relevancia son diversas: concentración de disponibilidad hídrica (45% del agua dulce del planeta), minerales estratégicos (61% del litio, 45% del cobre, 34% de la plata y el tercer reservorio mundial de níquel, tierras raras y cobalto), la mayor reserva de petróleo convencional del planeta, la segunda mayor reserva de gas no convencional, un polo de explotación de fuerza de trabajo a bajo costo, así como un mercado de más de 660 millones de consumidores.
Trump, como representante político de la oligarquía financiera y tecnológica estadounidense (léase las compañías del Silicon Valley como Meta, Alphabet o Palantir en proceso de integración con el Complejo Militar-Industrial), entiende que su tarea es asegurar el acceso de esos recursos naturales al capital para recuperar su supremacía, detener el avance de sus rivales y abaratar la producción industrial. Esto quiere decir denegar a China el acceso a recursos estratégicos en la región, encarecer su comercio y controlar militarmente los puntos de estrangulamiento (Canal de Panamá, Pasaje de Drake y Estrecho de Magallanes); aspectos que manifestó el ex jefe del Comando Sur, el Almirante Alvin Holsey, en la Conferencia Sudamericana de Defensa de Buenos Aires en 2025. Por tanto, emplear las capacidades estatales para expulsar a sus competidores en el hemisferio, así como para garantizar la apertura de nuevos negocios es una parte sustancial de su estrategia.
Un plan con resistencias
El secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores dejó al descubierto el orden mundial por el que apuesta Washington, pero su desprecio a las formas que otrora dieron cobertura a los caprichos imperialistas están uniendo a las naciones que defienden (y necesitan) las normas internacionales. La protesta del primer ministro canadiense en el Foro Económico Mundial muestra el malestar en las élites, pero en las calles se han visto movilizaciones alrededor del mundo en contra de la intervención estadounidense, incluso, con multitudes en más de 100 ciudades de Estados Unidos pidiendo la liberación de Maduro y Flores.
El plan de disciplinamiento social de Trump también está alterando el orden interno. Mientras ICE, la policía migratoria persigue, maltrata, expulsa y hasta asesina ciudadanos, la inconformidad e indignación crece desde ciudades como Minneapolis y resquebraja la legitimidad presidencial. En ese clima la Casa Blanca alimenta resistencias que condicionan sus planes, sobre todo porque el consenso activo de la sociedad es un termómetro que debe considerar de cara a las elecciones de medio término.
En síntesis, la ESN y la EDN hablan de lo que Estados Unidos debe hacer ahora pensando en el orden mundial del futuro. Más que una restauración, America First busca un rebalance del poder. El control hemisférico mediante el uso de la fuerza busca encarecer y obstruir la presencia de “actores extracontinentales” al punto que sea más fácil expulsarlos sin confrontar directamente.
