El desarrollo es un proceso complejo y de largo plazo. Si los Estados intervienen de forma activa demanda planificación, capacidades públicas y mucha voluntad política. Si la dinámica es liderada por el sector privado, igual supone incentivos estatales, reglas claras y macroeconomía estable. Pero debe insistirse en que son siempre procesos de largo plazo y nada espontáneos. Además, no son fenómenos que ocurren solamente “por el lado de la oferta”, como le gusta decir a los economistas, debe existir también una demanda segura y sostenida, sea interna o externa, como lo sabe cualquier mortal que ejerza algún tipo de comercio.
Depender de factores como la demanda externa supone también que el desarrollo está sujeto a condiciones de la economía internacional que, en principio, son exógenas por definición. Decimos “en principio” porque la inserción internacional, más allá de la aleatoriedad de factores como los precios y las tasas de interés, también está sujeta a planificación.
Lo que suele denominarse “desarrollo por invitación”, un concepto medio flojito recordado localmente a partir de la re-subordinación a la potencia regional, es solo la apertura de la demanda desde la potencia por razones “geopolíticas”, quizá también alguna transferencia puntual de fondos o de tecnología, pero no mucho más. Dicho sea de paso, por ahora la economía local no parece disfrutar del conjunto de tales bondades. Si hay invitación, las tarjetas todavía no llegaron.
En estas pocas líneas no se descubre la pólvora, son procesos muy conocidos y estudiados, aunque haya más de una biblioteca. Precisamente por estas cuestiones de plazos y demandas, en el presente el camino más simple para una economía como la local, y para quienes la conducen en el día a día de la producción, es el aprovechamiento de los recursos naturales, renovables y no renovables, agro, energía y minería.
Se agrega, contra la creencia común, que el desarrollo de las cadenas de valor de estos sectores puede devenir, con el tiempo, en entramados complejos y dinámicos, con desarrollo de proveedores, tecnología y empleo.
El agro es un claro ejemplo, a su alrededor se desarrolló la biotecnología, la genética, los agroquímicos, la maquinaria agrícola y ni hablar si se suma la llamada agricultura de precisión. El efecto derrame productivo, como lo sabe toda la franja central del país, el “interior próspero”, es una realidad y genera trabajo, riqueza y exportaciones. La idea perimida de “desiertos verdes” utilizada para criticar la producción a escala, esencial para la competencia capitalista, es pura ideología, parte de la creencia de que “lo pequeño es hermoso”.
El mismo razonamiento aplica para sectores como los hidrocarburos y la minería. Cualquiera que recorra las provincias productoras, físicamente o a través de los datos, por ejemplo Neuquén y San Juan, podrá observar que la riqueza producida por los recursos naturales derrama en el desarrollo de infraestructura y empleo. También en los intentos más o menos exitosos de diversificación de las composiciones de los Productos Brutos Geográficos. Neuquén, por ejemplo, desarrolló su agricultura frutícola, la piscicultura, la producción de vinos, la industria forestal y la infraestructura vial y turística. No se hace esta descripción como ejemplo de modelo de desarrollo a seguir, sino para destacar lo que puede generarse a partir de enclaves productivos que surgen de la explotación de recursos naturales.
Casos similares se encuentran en provincias como San Juan y Santa Cruz. Y también a lo largo de toda la franja cordillerana. La minería ya transforma provincias como Catamarca, Salta y Jujuy. Y en la descripción no se habló de toda la red de servicios, desde proveedores de todo tipo, hasta las finanzas y el comercio exterior.
La primera conclusión es que hablar solamente de economías de enclave para describir la explotación de recursos naturales le hace poca justicia a los procesos económicos que se generan. Ello no quiere decir que estas producciones resuelvan todos los problemas del capitalismo, como a veces se les exige. Se destaca que las industrias poco competitivas internacionalmente y de bajos salarios, más la actividad de la construcción, no son el único camino para generar empleo. Un modelo de desarrollo centrado en recursos naturales abundantes puede ser absolutamente viable. En particular, sí parte del excedente de una plusvalía finita se destina a la diversificación productiva.
No hace falta hurgar en modelos remotos y probablemente ya inalcanzables desde la perspectiva local, como Noruega o Australia. El vecino Chile es una muestra. A partir del excedente minero y la planificación desarrolló sectores internacionalmente competitivos, es decir que no demandan protección permanente, como la vitivinicultura, la fruticultura, la foresto industria, el turismo y la salmonicultura. La evolución de sus indicadores sociales y el lento, pero persistente, crecimiento de sus clases medias muestran que tan mal no les fue.
El problema local es de trayectorias y de transiciones. Trayectorias porque, a diferencia del citado Chile, Argentina era un país de clases medias que hoy están en retroceso, lo que probablemente esté en la raíz del desencanto con las viejas dirigencias. El estancamiento económico iniciado en 2011 debe estar en la raíz de cualquier análisis. Y de transiciones porque un modelo basado en recursos naturales, además de demandar tiempo y planificación para desarrollarse, supone una profunda reconfiguración espacial que puede tener un fuerte impacto social.
La caída de la actividad industrial y de la construcción afecta a las periferias de las grandes urbes, a los conurbanos, donde reside cerca de la mitad de la población del país. El AMBA, Gran Córdoba y Gran Rosario suman alrededor del 40 por ciento de la población. Cerca del 80 por ciento de este 40 se encuentran en el AMBA. Imaginar un sendero de desarrollo centrado en los recursos naturales que funcione, demanda alguna planificación de qué hacer con esta porción de la población. Dejarla fuera del sistema no parece opción y no resultaría políticamente sostenible. Que la participación de la industria manufacturera más tradicional en el PIB y las exportaciones sea declinante no quiere decir que deban abandonarse sin más las capacidades industriales construidas durante décadas. Una política industrial renovada y la reconstrucción de la infraestructura diezmada parecen indispensables. Incluso para sostener la competitividad de los nuevos sectores dinámicos. Sin embargo, como analizan autores como Dani Rodrik y Joseph Stiglitz, puede ser anacrónico pensar la política industrial como en el pasado. En particular porque también la industria absorbe tendencialmente cada vez menos mano de obra, porque la competitividad y escala asiáticas suponen que ya no es tan fácil orientar la manufactura a la exportación y por el dato duro de que la mayor parte de los nuevos empleos se generan en servicios informales y de baja productividad. La solución de estos autores consistiría entonces en aumentar la productividad de los servicios.
Finalmente deben considerarse los efectos ideológicos de estas transformaciones. Según el censo de población del Indec de 2022, la edad mediana de la población local ronda los 32 años. En concreto, ello quiere decir que la mitad de la población tiene menos de 32 años, que sus vidas transcurrieron mayormente en el siglo XXI. Dicho de otra manera, ni siquiera tienen memoria de la mejor etapa del kirchnerismo y ni hablar de un Estado benefactor. Imaginen cuando se le habla emocionalmente de Perón y Evita, del IAPI, de la industrialización sustitutiva, del sindicato y el empleo formal y estable. No solo cambió el mundo, el capitalismo y las relaciones de producción, también se renovó la población. Lo único que permanece incólume son las viejas dirigencias, otro problema de fondo.
