La CGT abandonó a la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) en su reclamo contra la intervención judicial. Apenas un comunicado y un posteo en redes, una participación raquítica en la movilización a la sede del gremio de esta semana y una comitiva mínima para recibir a Abel Furlán en un encuentro protocolar posterior fueron gestos elocuentes del desinterés de la central obrera por el futuro de un dirigente al que la “mesa chica” de la organización considera ajeno a pesar de haberse encaramado sin discusiones hace cuatro años al frente del mayor sindicato fabril y una pieza clave de la historia política de la Argentina.
La respuesta gélida de los gremialistas se acordó el martes en una reunión de la “mesa chica” cuando todavía el grueso del Consejo Directivo se encontraba en la Argentina a la espera de partir con rumbo a Ginebra para participar de la Conferencia anual de la Organización Internacional del Trabajo. Aunque en reserva algunos dirigentes protestaron por el abandono a una organización hermana (que sufrió con los mismos jueces que hicieron naufragar la cautelar de la CGT contra la reforma laboral) en el rubro primó la decisión de escarmentar al secretario general por su cercanía a Cristina Fernández de Kirchner y a La Cámpora, así como su decisión de encabezar un sello disidente y con pretensión de confrontar con Javier Milei y enrostrarle a la central su pasividad ante el libertario.
Los gestos de frialdad no pudieron ser más evidentes: el abrazo simbólico a la sede de la UOM el martes no mostró siquiera un cartel de adhesión de la CGT y de su triunvirato apenas concurrió el camionero Octavio Argüello. Brilló por su ausencia la “mesa chica” que animan referentes de los sectores “gordos” e “independientes”, los más influyentes, como Armando Cavalieri (Comercio), Héctor Daer (Sanidad), Gerardo Martínez (construcción, Uocra), Andrés Rodríguez y los tirunviros restantes, Jorge Sola y Cristian Jerónimo, y de dirigentes con peso propio sólo se vio al bancario Sergio Palazzo.
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Al día siguiente la recepción a Furlán en la sede de la central obrera, en la calle Azopardo, sólo consistió en Argüello con al adjunto de la CGT, Andrés Rodríguez, y un puñado de referentes más entre los que estaba la judicial Maia Volcovinsky (UEJN). Eran más los representantes de la UOM que los anfitriones. El posteo en redes para repudiar la intervención de la Sala VIII de la Cámara laboral demandó 240 caracteres, cuarenta menos que el límite que impone Elon Musk para los tuits en X.
En la central obrera y en el Gobierno coinciden en que el líder metalúrgico fue víctima de un alineamiento político kirchnerista en desuso entre los gremios tradicionales y de su vocación por desmarcarse de la CGT sin tener en cuenta el paraguas que esa estructura puede representar en estos casos. También le endilgan una estrategia jurídica errática frente a la impugnación que presentó la lista opositora en Campana, el pago chico de Furlán, que provocó el efecto dominó que desembocó en la intervención a nivel nacional. Para los asesores de la central, la UOM debió frenar su proceso electoral una vez que los camaristas se lo exigieron para evitar el desenlace posterior.
Los mismos asesores, dirigentes y funcionarios reconocen también que incluso con eventuales desaguisados políticos o jurídicos a ningún otro “gordo” de la CGT le hubiesen intervenido con tanta facilidad el sindicato. Lo cual permite inferir la propia responsabilidad de los colegas de Furlán en haber facilitado su desplazamiento. No se recuerda en Azopardo un caso de sindicalista reconocido que estuviera a punto de ser intervenido o incluso detenido que no hubiese sido preavisado con el suficiente tiempo como para desplegar un plan de contención.
Como agravante la CGT ni siquiera eligió ponerse al frente de la defensa metalúrgica a pesar de que los responsables de la intervención fueron los camaristas Víctor Pesino y Dora González, los mismos que dejaron inoperante la cautelar que había conseguido la central sindical para frenar la vigencia de la reforma laboral en ese mismo fuero. Como había destacado El Destape, la inquina de los “gordos” con Abel Furlán se remonta a 2022 cuando se complota con sectores internos para llevarse puesto a Antonio Caló, que por entonces llevaba veinte años como líder de un gremio fabril del todo enquistado en las estructuras más burocratizadas de la central.
