Hace unos días la diputada nacional y referente libertaria, Lilia Lemoine, volvió a hacer lo que mejor le sale: existir y trascender políticamente, fuera y dentro del recinto, a través del escándalo y la provocación. Esta vez la gesta heroica fue compartir una foto semidesnuda en su perfil de X con un texto que decía “A ver si entienden… yo QUIERO que se metan conmigo”. El objetivo fue llamar la atención, fidelizar a su público (mayormente masculino) y correr el foco de la agenda pública. Y el resultado de la jugada fue el esperado: el habitual ciclo de viralización, indignación y defensa coordinada con respuestas evasivas y teorías conspiranoicas a la que nos tiene acostumbrados el universo libertario.
El capítulo es uno más en la serie de farandulización y espectacularización dantesca de la política contemporánea hoy convertida en show permanente. Estas performances, que se repiten sistemáticamente, son parte de una estrategia comunicacional que ha encontrado en la sexualización del cuerpo femenino una herramienta de posicionamiento público e impacto político. Si bien no se inventó en Argentina, ni empezó con LLA, actualmente está más normalizada que nunca y forma parte de la cultura de los espacios institucionales, situación que inevitablemente impacta sobre las bases del funcionamiento democrático, el acceso a los espacios de poder, y los roles de género en la política.
Los juegos en redes
Desde que La Libertad Avanza hizo pie en la arena política y consiguió bancas en el Congreso Nacional, varias de sus legisladoras construyeron una presencia pública que combina una postura ideológica inflexible y la defensa inescrupulosa de los proyectos del oficialismo, con la autoexposición corporal y los juegos de seducción en redes. Lemoine es, en este sentido, un ejemplo paradigmático: publica videos y fotos semidesnuda, sube imagenes desinhibidas de sus vacaciones, ha compartido contenido audiovisual con fuerte contenido sexual y una actitud por demás misógina, retuiteó fotos propias disfrazada o en ropa interior autoelogiándose en tercera persona con frases como “No puede estar tan buena esta diputada, lpm”.
Junto a Juliana Santillán, María Celeste Ponce, Leila Gianni y Lu Palavecino, conforman el grupo de diputadas que busca capitalizar la admiración de la base de sus votantes libertarios. Por el contrario, su trabajo en el ámbito estrictamente parlamentario es muy pobre y acotado, ya que desde que asumió en 2023 presentó sólo cuatro proyectos, y solo uno de ellos es de ley sobre “denuncias falsas”, apuntando a contextos de violencia de género, argumentando que los hombres pueden ser encarcelados injustamente por ello. Además, durante los debates y votaciones se limita a levantar la mano para aprobar proyectos del ejecutivo, rechazar los de la oposición, y generar discusiones encendidas, que incluyen gritos y agresiones físicas, como lo fue el altercado con la diputada Marcela Pagano.
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La política pornificada es básicamente eso: toma prestados los códigos, las lógicas, las narrativas y el lenguaje de la pornografía para colonizar un espacio que antes operaba bajo otras reglas. La investigadora Mónica Alario, en “Política Sexual de la Pornografía”, analiza cómo se dispone una operación patriarcal y capitalista: definir a las mujeres, y por extensión a cualquier identidad feminizada, como seres sexuales o irracionales. Al reducirlos a cuerpos a dominar, se debilita su condición de sujetos políticos legítimos. El cuerpo femenino funciona como moneda de intercambio simbólico y como dispositivo de atracción de audiencias en el mercado digital.
Pero además, la pornificación de la política implica un segundo movimiento más sutil que la exhibición de desnudos, pero con consecuencias más profundas y peligrosas: la colonización del espacio público por una lógica donde la agresión es exhibicionismo, la humillación es entretenimiento, y el cuerpo es territorio de conquista simbólica. Se instala la idea de que el poder se ejerce y se legitima a través de una lógica de dominación espectacular, en la que no se busca persuadir y "ganarle” al adversario con argumentación racional, sino degradado públicamente, humillarlo a través del escarnio público, “domarlo” como dicen los jóvenes en X. El debate no se gana con razones: se gana con ruido, con provocaciones, con insulto, con la humillación del otro. La política deja de ser el espacio donde se procesan los conflictos sociales y se consensúa democráticamente, y se convierte en un ring donde lo que importa es quién rompe al otro (o al orto) primero.
La pornificación como código cultural
Para entender por qué esto es posible en 2026 y por qué una legisladora o funcionaria puede publicar una foto semidesnuda con un mensaje provocador y que eso se funcione como estrategia política legítima antes que como escándalo institucional, hay que mirar el contexto más amplio. La sexualización extrema, que en otras épocas podía funcionar como ruptura, como escándalo, como gesto subversivo frente a una moral dominante, hoy aparece como código legitimado: una estética disponible, un lenguaje esperable en espacios cotidianos, casi una condición de acceso a la visibilidad en ciertos circuitos culturales y políticos.
Las imágenes de cuerpos femeninos hipersexualizados ya no responden exclusivamente al ámbito de la industria pornográfica: han permeado los productos culturales de masas, normalizando la presencia de contenidos sexualmente explícitos en redes sociales, medios, videos y festivales musicales, publicidad, videojuegos, entre otros. La pornificación funciona como una reconfiguración estructural del imaginario cultural que opera a través de dos prácticas simultáneas: la erotización e idealización de la violencia sexual; y la cosificación e hipersexualización de las mujeres como norma visual antes que como excepción.
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En ese sentido lo que hacen las diputadas de LLA en sus redes no es una anomalía política ni una rareza individual. Es la aplicación coherente de un código cultural, de un hecho social ya instalado al campo institucional. Si en la música o en el espectáculo el cuerpo femenino sexualizado es un activo de mercado que maximiza el engagement, ¿por qué no lo sería también en la política que se hace en las mismas plataformas y bajo las mismas lógicas algorítmicas? Los algoritmos y las reglas del espectáculo han permeado y mandan en casi todos los espacios y dimensiones sociales.
El cuerpo como arena política, no como sujeto político
Hay un elemento interesante que podría leerse como una contradicción: mujeres que se oponen al feminismo, que cuestionan por ejemplo la libertad de decisión sobre los cuerpos, pero exhiben sus dotes como activo político o acto de empoderamiento. El punto de discusión no es lo que pueden hacer o no las mujeres, debate que está cerrado. Pero el tema a analizar es que cuando las legisladoras de LLA se muestran en bikini o publican fotos provocadoras, no están cuestionando el orden patriarcal, sino operando exactamente dentro de él para reproducirlo. La investigadora Sara Farris lo llama “feminacionalismo”: la apropiación del cuerpo femenino y eventualmente del discurso feminista para legitimar agendas que en los hechos profundizan la desigualdad.
El “empoderamiento” a través de la sexualización es un hecho social muchas veces utilizado para alcanzar visibilidad o reconocimiento. Sin embargo, esto termina legitimando la misma lógica de competencia por posiciones de privilegio que los feminismos cuestionan. Asumirlo desde una visión individualista, con el mero fin de generar adhesión política o acumular seguidores, es entender el poder como si fuera una sustancia que los sujetos tienen, desestimando la complejidad del poder institucionalizado y sus efectos sobre quienes no tienen acceso a ese tipo de capital simbólico. Mientras tanto, lo que se naturaliza cuando una legisladora sexualiza su imagen sin consecuencias políticas es la deslegitimación de su propio rol institucional y la habilitación de una lógica que muchas mujeres, sobre todo jóvenes, internalizan como norma: cuanto más desnuda, mejor.
La otra cara: cuando el cuerpo femenino es el blanco
Pero la pornificación del espacio político libertario tiene otra cara, y es la que pone en evidencia la verdadera jerarquía que opera detrás del espectáculo. El mismo ecosistema que celebra las fotos de las “dipu hot” cuando son propias, produce y difunde violencia sexual digital contra las mujeres enemigas. Amnistía Internacional documentó insultos públicos del propio presidente a por lo menos 30 comunicadores, con un ensañamiento particular hacia las periodistas mujeres que fueron blanco de un hostigamiento orquestado y sistemático .
El caso más extremo y documentado de esta lógica es el de Julia Mengolini. En julio de 2025, la periodista y directora de Futurock declaró ante la Comisión de Mujeres y Diversidad de la Cámara de Diputados por haber sido víctima de una campaña de odio sin precedentes en la historia política argentina: desde cuentas libertarias crearon con inteligencia artificial un video pornográfico que la mostraban en una relación incestuosa con su hermano que fue difundido por sus trolls en la deepweb. Posteriormente, en un lapso de apenas 48 horas, el propio presidente Javier Milei hizo 93 retuits amplificando el ataque. “Soy víctima de una campaña de odio orquestada desde las más altas esferas del Estado nacional”, declaró Mengolini. La denuncia penal que presentó incluyó al presidente, a 20 miembros de su gobierno, incluyendo a la propia diputada Lemoine, acusándolos de “asociación ilícita, malversación de fondos públicos, amenazas coactivas e instigación pública al odio”. La investigación busca determinar si existió una campaña coordinada y financiada con recursos públicos para intimidarla.
En diciembre de 2025, el informe “Anatomía de la crueldad. Desinformación de género, discursos de odio y violencia política en la era Javier Milei” advirtió sobre el estado de la violencia política argentina y expuso el funcionamiento sistemático de un tipo de poder que articula mentiras, miedo y hostigamiento, y termina redefiniendo, desde arriba hacia abajo, los límites de lo aceptable en el debate público. Como advierte el estudio, los efectos de este modelo político y comunicacional no se quedan en las redes. Paralelamente a las medidas concretas, como el desfinanciamiento de la línea 144, el desmantelamiento del Ministerio de Mujeres, los recortes al programa Acompañar, lo que el gobierno de Milei produjo es una transformación del clima cultural en el que la política se asienta y se mueve. Un umbral de lo tolerable que se desplaza cada vez más, incorporando a la cotidianeidad cuestiones que antes sucedían en los márgenes.
