Lo conocen por ser una leyenda viva de Mar del Plata, pero esconde una historia desconocida: la vida del patinador feliz de 70 años

Ernesto Carci tiene 70 años y es una figura inseparable de Mar del Plata. Detrás del patinaje y una alegría contagiosa, existe una historia con un giro de vida radical que lo cambió todo. 

29 de abril, 2026 | 06.00

“El que no conoce a Tito, no vive en Mar del Plata, podría rezar una máxima aun no impuesta, pero que tiene mucho de cierto. Más aún, también el particular patinador es una cara familiar para los turistas más observadores. En rigor, su nombre es Ernesto Carci, tiene 70 años, nació en Barrio Norte y se convirtió en un personaje insoslayable de La Feliz por transitar la ciudad con sus rollers, unos auriculares en los que escucha siempre rock mientras baila y con una sunga como único atuendo. Quien antes se dedicaba a vender corbatas y también bienes raíces, llegó en 2008 de Buenos Aires y nunca más quiso irse. El motivo que generó su viaje de ida, su amor a primera vista con Mardel, de qué vive y cómo surgió la idea de andar sobre ruedas casi desnudo.

El primer contacto entre Tito y Mar del Plata se produjo cuando viajó hasta La Feliz con sus padres. Tenía 4 años y su embelezamiento con la ciudad fue inmediato.“Me enamoré y fue mi primer amor. Recuerdo que me dije ‘esto es para mi’, y desde entonces es un sentimiento que no se fue y va a seguir para siempre; es una gracia muy grande, estamos muy conectados”.

Desde entonces, hasta que se afincó en la Perla del Atlántico, se casó, tuvo hijos, se dedicó al rubro textil y también al inmobiliario. Mientras tanto viajaba con cierta asiduidad a La Feliz, hasta que a los 53 años decidió quedarse. Hubo un hecho determinante para que  aquel 1° de enero de 2008 dejara para siempre su vivienda en Barrio Norte: se separó de su esposa, quien se fue a vivir sola a Inglaterra.

Aquella ruptura fue una señal insoslayable para Ernesto, quien advirtió que ese era el momento preciso para cumplir sus sueños e irse  a vivir a Mar del Plata junto a sus hijos. No fue fácil el cambio económico, emocional y funcional, pero logró subsistir.

“Nos separamos con mi ex mujer y se fue a Inglaterra. Ahí mi cabeza hizo un click y dije: ‘Bueno, acá puede pasar algo, ahora es la posibilidad porque se abrieron puertas’. Entonces organicé todo muy rápido: mis dos hijos eran muy chicos todavía así que tuve que buscar la escuela para ellos y empezar a moverme para subsistir y las cosas fueron saliendo. Quedé agotado totalmente, pero la hice  y me vine a cumplir mi sueño”, recordó Tito ante El Destape. Al poco tiempo, una mañana mientras nadaba en el Polideportivo tuvo una revelación que lo llevó a ser el “patinador feliz” de Mar del Plata.

Patinando por un sueño

Me acuerdo que en enero de 2008 ya empecé a ir al Polideportivo para hacer pileta con el objetivo de prepararme para nadar en mar abierto. Y bueno, llegó el invierno y seguí yendo. Un día cuando salí me quedé mirando la pista de patinaje y de repente pensé en comprar unos rollers. Me propuse empezar a aprender, así que salía del agua y mandaba a la pista a dar unas vueltas. Así que cuando ya estuve preparado empecé a hacer lo mismo, pero en la costa”, rememora Tito sobre sus comienzos como danzarín de los patines.

Si bien en la actualidad, los marplatenses lo conocen, lo saludan y le demuestran mucho cariño a Tito, en sus inicios algunos lo miraban de reojo. “Al principio, si bien nunca tuve muchos problemas, siempre por ahí aparecía alguien que no soportaba verte feliz. Se piensan que estás drogado, borracho o loco. Y recuerdo que en esa época se pagaban los impuestos en persona, no estaba tan desarrollado el trámite online y yo iba a todos lados con los rollers”, arrancó su relato Tito.

Y continuó: “Entonces entré al banco cantando, bailando, con mucha felicidad, pero una persona llamó a la policía. De repente cuando llegan las dos agentes mujeres, se dieron cuenta que era yo y se acabó todo. Es más, les dije que había soñado con dos chicas lindas como ellas y se mataban de risa. La que me denunció estaba molesta como reclamando: ‘¿No le van a hacer nada a este tipo?’. Tuve dos o tres situaciones así, pero en general, la gente me da amor”.

El amor por la naturaleza y por Dios, más allá de los rollers

Tito no solo danza en sus rollers casi todos los días de su vida, también nada y hace surf. De hecho, mientras realizaba la entrevista con El Destape esperaba para sumergirse al mar con su tabla. Asimismo, en la charla que realizó arriba de una roca, interrumpía cada vez que rompía cerca una ola gigante, de la misma manera detenía su habla cuando lo saludaban o encontraba un caracol. Para el patinador, la naturaleza es todo y es un tema recurrente en sus relatos.

“A los que amamos el mar, el agua y los deportes acuaticos y todo esto (mientras mira su entorno) nos hace mucho bien porque podemos estar en la plenitud de la forma y con esa dignidad de ofrecer a la vida un poco de lo que tanto nos ha dado. Estas son para mí  las cosas esenciales, esas que nosotros no controlamos. Pero no hay que temer por eso, todo lo contrario: gracias a Dios, estamos en buenas manos”, arrancó Tito.

“La naturaleza es perfecta y no necesita paz del mismo modo que el humano; ella es armonía en sí misma. Es el cambio permanente, una magia que fluye más allá de nuestro control. La belleza de las flores y la perfección de cada cosa son pruebas de que el universo fue hecho por amor, no por azar. Además, ante la naturaleza, todos los seres son iguales y mortales, dato que deberían tener en cuenta aquellos que creen en razas superiores. Por eso, el hombre debe dejar de luchar contra el medio y simplemente adaptarse a las cosas como son. La naturaleza no necesita paz, el que la necesita es el ser humano”, concluyó.

El misticimos de Carci, más su disfrute a pleno por la vida quizás residan en dos hechos trascendetales de su vida. El primero sucedió cuando tenía 18 años y percibió una epifanía. “Estaba en la cama de mi casa cuando se me aparecieron dos ángeles que me brindaron respuestas importantes a los interrogantes de la existencia… A partir de ahí entré en un estado de éxtasis. Todo fue distinto”, aseguró. El segundo, sucedió hace unos diez años, tras fracturarse la tibia y el peroné mientras grababa un videoclip para la banda local, Hey. Según declaró su hijo a los medios, estuvo cerca de la  muerte.“¿Qué hay después de la muerte? No sé, ahora me interesa estar vivo. El día que me muera, por ahí voy a querer hablar de la vida, pero ahora no”, dijo al respecto.

Seré libre en sunga o no seré nada

No solo del patín y la naturaleza vive el hombre. De hecho, Tito tiene algunas propiedades que alquila para subsistir, a las que le suma su magra jubilación. Pese a su romanticismo elocuente, también tiene tiempo para pensar en los negocios. Por caso: hace unos años tuvo la idea de abrir un hostel en Brasil, pero lo estafaron y el proyecto - por ahora.- quedó congelado.

Otro pasatiempo para Carci son las motos y la música. Y no solo la que tiene presencia en sus tránsitos costeros con rocks que suenan en sus auriculares y los corporiza a través del baile: además tiene una sala de ensayo en su casa. Allí toca con sus hijos y también compone música a través de la Inteligencia Artifical.

“Cuando vine de la India (viajó en 2024) me traje una cítara, también una tabla. Además tengo una sala de ensayo en casa y mis hijos también tocan música. Tengo todo: bajo, guitarra eléctrica, batería, órgano y micrófonos. Así que tengo para entretenerme, tocar y también componer. Aunque también hago música con Inteligencia Artifical y después le escribo la letra”, precisa Tito.

Ernesto vive cada día como si fuera el último, disfruta con el amor de los transeúntes, del mar, de la música, de su espiritualidad y de la naturaleza, aunque patinar le otorga un plus. “Es una sensación maravillosa: como la de volar por la costa...mirar el mar. Voy como si fuera un ave: por eso me hice tatuar dos alas enormes en la espalda. Siento que fluyo, que estoy en libertad”, asegura Ernesto.

Y esa búsqueda de libertad explica la sunga como única vestimenta. “Siempre voy en cuero y con la sunga por comodidad física, libertad espiritual y un toque de rebeldía ante las convenciones sociales. Estar casi sin ropa es una forma de volver al estado natural del ser humano. El infierno existe solo en la mente y el paraíso es el cuerpo y la naturaleza; por lo tanto, no veo la razón para ocultarme y perderme la posibilidad de sentir la plenitud de estar vivo”, concluye.