Con la reforma laboral de Javier Milei ya aprobada en el Congreso, tenemos la obligación de comprender los efectos sociales y culturales del plan, más allá del impacto jurídico o económico, y más allá de las contorsiones que sufrirán las trayectorias individuales. En paralelo a la modificación de contratos, jornadas, vacaciones y mecanismos de desvinculación, la ley, en medio de una compleja situación del mercado de trabajo, va a generar efectos concretos en un plano menos visible pero decisivo, sobre todo desde la pandemia hasta acá: la salud mental.
Cuando la estabilidad se debilita y los despidos se perciben como una posibilidad siempre latente, la sensación de amenaza y el peligro se internalizan. En momentos de crisis socio económica, jornadas extendidas, bolsillos flacos, y estrés financiero los seres humanos prendemos el modo supervivencia y lo aplicamos a todas las dimensiones de la vida. La incertidumbre en lo laboral termina reorganizando las rutinas, los cuerpos, los hogares, los proyectos y las emociones. Ansiedad anticipatoria, angustia persistente, depresión, y estrés crónico, entro otros, son algunas de las sintomatologías y padecimientos que ya no serán experiencias aisladas sino parte del clima de época y efectos de la implosión social.
MÁS INFO
Este escenario se profundiza con el mandato cultural, y hoy político, de “emprender", "reinventarse", “adaptarse” , que muchas veces funciona como dispositivo de autoexplotación disfrazado de promesa de libertad y autonomía. La presión por rendir sin descanso, sin derechos, ni red de protección, afecta en los vínculos familiares, debilita la vida comunitaria y erosiona apoyos que son fundamentales para el bienestar psíquico y emocional. A la par, el desfinanciamiento de la salud y la reconfiguración de las políticas públicas en salud mental reducen la capacidad del Estado para hacer frente a ese malestar creciente. Más precariedad material, más exigencia individual y menos dispositivos de cuidado crean el caldo de cultivo para un estallido social y sanitario.
Sobre estas transformaciones reflexiona Nicolás Papalia, abogado y psicólogo, docente, investigador y Director ejecutivo de la Asociación Civil Mujer y Gobierno quien analiza cómo la reforma laboral termina modelando climas emocionales, redefine vínculos, y reconfigura subjetividades. “El trabajo no es únicamente una fuente de ingreso, es también un organizador de identidad, de tiempos y de expectativas. Por eso, aun pequeños cambios normativos pueden tener efectos grandes en la percepción de futuro", enfatiza.
MÁS INFO
¿Qué cambia concretamente la reforma laboral recientemente aprobada en términos de estabilidad y derechos?
En lo concreto, la reforma busca más “previsibilidad” para el empleador: introduce herramientas para ordenar costos y tiempos (por ejemplo, banco de horas y compensación de horas extra por acuerdo), y un Fondo de Asistencia Laboral (FAL) para canalizar pagos ligados a la extinción del vínculo. Del lado del trabajador y la trabajadora, el “cambio” se vive como menos estabilidad subjetiva: cuando se flexibilizan reglas de jornada y de salida del empleo, se vuelve más difícil planificar la vida (alquiler, familia, proyectos), incluso si el contrato “sigue siendo legalmente válido”. Y además se discuten límites al derecho de huelga en actividades esenciales trascendentales, lo cual toca el núcleo de cómo se negocian derechos.
¿Y en este marco, cómo impacta la posibilidad de ser despedido fácilmente?
El despido “más fácil” no es solo un hecho económico: es una amenaza permanente. Cuando el trabajo se vuelve frágil, aparece lo que en clínica llamamos ansiedad anticipatoria: vivir con el cuerpo en modo “alerta”, midiendo cada gasto y cada conflicto. Eso erosiona el sentido de continuidad: la persona deja de pensar “mi vida” y pasa a pensar “mi supervivencia”. En términos psíquicos, sube el estrés, baja la sensación de control y se empobrece la capacidad de proyectar. Y proyectar es salud mental.
Uno de los puntos más trascendentales es la modificación del límite que pasará a ser de 8 a 12 horas. ¿Qué efectos puede tener eso en el estrés y el agotamiento?
Más horas de trabajo suelen implicar más carga física, más irritabilidad y menos sueño, y eso es un cóctel conocido para el agotamiento. La Organización Mundial de la Salud (OMS) marca que los riesgos psicosociales incluyen cargas excesivas y horas largas o inflexibles. Además, hay evidencia fuerte de que trabajar muchas horas se asocia a daños en salud (y el estrés crónico es el puente). Si el sistema habilita compensar horas (banco de horas) sin que el trabajador/a tenga poder real para negociar, lo que en papel es “flexibilidad”, en la vida cotidiana puede sentirse como disponibilidad total.
Pasando al plano de la vida social y las relaciones: ¿tiene incidencia la reforma en la dinámica familiar o vincular?
Sí, impacta directo en algo simple: tiempo y energía. Si llegás a tu casa tarde, cansado y con la cabeza en “no me puedo mandar una”, la familia no recibe “un trabajador/a”: recibe un cuerpo agotado. Y cuando el trabajo ocupa todo, lo social se achica: menos amigos, menos club, menos comunidad. Eso empobrece los apoyos que justamente son los que amortiguan el estrés.
¿Existe relación entre precariedad laboral y aumento de ansiedad o depresión? ¿Cómo se da ese vínculo?
Sí, la relación está estudiada: la inseguridad laboral y la precariedad se asocian a peor salud mental, incluyendo ansiedad y depresión. El vínculo se da por varios caminos: incertidumbre constante, sensación de injusticia/impotencia, deterioro del sueño, conflictos familiares por dinero y aislamiento. En criollo: cuando todo es inestable, el cuerpo y la mente se preparan para el golpe, y esa tensión sostenida enferma.
¿Cómo influye el ingreso insuficiente y las malas condiciones económicas en el autoestima y bienestar? ¿Puedo que esto afecta más a varones por el rol histórico y binario de “proveedores”?
El ingreso insuficiente impacta en la autoestima porque no se trata solo de dinero, sino de dignidad, reconocimiento social y horizonte de posibilidades. Cuando no alcanza, lo que aparece junto a la preocupación económica, es vergüenza, frustración y una sensación profunda de “no valgo”, aun cuando la causa sea estructural y no individual. En los varones este efecto suele ser más intenso por un mandato histórico que sigue operando con fuerza: “si no proveés, fracasaste”. La identidad masculina tradicional se organizó alrededor del trabajo, la productividad y la capacidad económica como fuentes centrales de valor personal. Cuando ese mandato se vuelve imposible de cumplir , por precarización, desempleo o ingresos insuficientes, se produce una crisis subjetiva que no solo genera angustia, sino también irritabilidad, retraimiento, conductas de evitación y, en algunos casos, expresiones de violencia hacia otros o hacia sí mismos.
Esto es clave para entender que muchas violencias no nacen de la maldad individual sino de identidades construidas sobre exigencias imposibles. Tal como desarrollo en mi libro “La rebelión de los mandriles”, cuando la masculinidad se sostiene en el poder, el control y el rol de proveedor, cualquier amenaza a esos pilares se vive como una amenaza a la identidad misma. No es biología: es cultura, es aprendizaje social y es un modelo de masculinidad que necesita transformarse para reducir el sufrimiento y la violencia.
En relación a los mandatos, la época y el neoliberalismo,y ahora la reforma, nos impulsa a “emprender siempre”: ¿favorece esto la autonomía o promueve autoexplotación? ¿Qué lugar queda para lo colectivo?
Yo creo que pueden ser las dos cosas. Emprender puede dar autonomía, pero cuando se vuelve mandato (“si te va mal, es culpa tuya”), se transforma en autoexplotación moral: trabajar sin horarios, sin derechos, sin red, y encima sentir culpa si no rendís. Muchas personas terminan trabajando más horas, con menos derechos y mayor incertidumbre, lo que configura formas de autoexplotación. Además, se debilita la dimensión colectiva del trabajo. Históricamente, los derechos laborales surgieron de la organización colectiva, no de esfuerzos individuales aislados. Por eso lo colectivo es clave: sin organización (sindical, comunitaria, cooperativa), el individuo queda solo frente al mercado. Y solo, casi siempre, negocia peor.
¿Y entonces, cuando la vida gira en torno al dinero, el éxito, el trabajo y la hiperproductividad, qué pasa con los vínculos?
Los vínculos se vuelven “funcionales”: se habla de logística, de plata, de problemas, y se pierde lo afectivo. Crece la irritabilidad, baja la paciencia, y aumenta el conflicto. Además, la hiperproductividad instala un clima de “no alcanza”: nunca es suficiente, nunca se descansa. Eso erosiona el deseo, la ternura y la disponibilidad emocional.
¿Cómo afecta la reforma particularmente a los jóvenes?
Los jóvenes ya están con dificultades para conseguir un empleo estable, alquiler y autonomía. Si el mercado se vuelve más flexible hacia el empleador, puede crecer la sensación de que la vida es una “prueba permanente”: trabajos cortos, rotación, incertidumbre. Eso impacta en la salud mental por una vía muy clara: sin piso material, no hay proyecto. Y sin proyecto, la angustia se cronifica. La imposibilidad de independizarse o proyectar genera frustración, ansiedad y sensación de estancamiento. El trabajo es un elemento central en la transición a la vida adulta, y cuando falta estabilidad, esa transición se vuelve más incierta.
¿Entonces la reforma transforma condiciones estructurales pero también subjetivas?
Transforma ambas. Lo legal cambia reglas; lo subjetivo cambia el clima: cómo se vive el futuro, cuánto se confía, cómo se imagina una vida posible. Si el mensaje social es “adaptate o quedás afuera”, se fortalece una subjetividad de supervivencia: menos derechos vividos como garantía, más vida vivida como riesgo. Y eso ordena conductas, vínculos y salud mental.
¿Qué herramientas individuales y colectivas pueden amortiguar el impacto de la precarización en la salud mental?
A nivel individual, es importante sostener rutinas básicas de descanso, espacios de apoyo social y la posibilidad de hablar del malestar. Nombrar lo que ocurre permite procesarlo psíquicamente y evita que se transforme en síntomas. A nivel colectivo, las redes sociales y comunitarias son fundamentales: organizaciones laborales, espacios barriales, grupos de apoyo y acceso a información sobre derechos. La evidencia muestra que el apoyo social es uno de los principales factores protectores frente al estrés. También es clave recuperar la dimensión colectiva del problema. Muchas situaciones que se viven como fracasos individuales son en realidad consecuencias de condiciones estructurales. Entender eso reduce la culpa y fortalece la acción.
