Migrar y ser joven: mitos y realidades de un fenómeno complejo

25 de octubre, 2020 | 00.05

La cuestión de la migración es un fantasma que ha permanecido latente a lo largo de la historia argentina, pero se ha asentado con la crisis de 2001. Desde la escuela nos cuentan que nuestra historia en realidad comenzó en otro continente y que a principio de siglo XX  un tercio de la población eran inmigrantes, provenientes principalmente de Europa. En ese marco los discursos hegemónicos han construido y reproducido imaginarios que idealizan la imagen del afuera y distorsionan la forma de pensar el “irse del país”, asociándolo exclusivamente a la idea de crisis. Actualmente un millón de argentinos reside en el exterior y son múltiples las razones que los han impulsado.

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Con la pandemia y  la fragilidad de la situación económica y social el tema volvió a instalarse en agenda.  “Pasan la noche haciendo cola frente al consulado italiano de Córdoba” (Telefé, mayo 2019);  “Por la pandemia aumentó el deseo de emigrar de muchos argentinos: buscan estabilidad económica, desarrollo profesional y menos presión tributaria”, (Infobae, Julio 2020); “Se van del país o los expulsan?”, (Clarín, octubre 2020), son algunos de los titulares que desde hace meses recorren los medios, que no hacen más que simplificar un fenómeno que es tan amplio como complejo. Por momentos se tiende a politizar o “partidizar” un proceso social híper dinámico con el fin de adjudicar la responsabilidad exclusivamente al gobierno de turno. ¿Pero qué hay de mito y realidad en todo esto?

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La vieja idea del migrante y la salvación

El imaginario de la salvación data de las generaciones descendientes de europeos que ‘se hicieron la América’, o huyeron de guerras y holocaustos. Aplicar el concepto de migrante de fines del siglo XIX en el nuevo milenio es equivocado. En la actualidad hay cada vez más jóvenes que se desplazan por el mundo por deseo. María de los Ángeles López Geist, psiquiatra y psicoanalista, miembro de APSA (Asociación de Psiquiatras Argentinos) explica que “las redes sociales y nuevas tecnologías acortaron las distancias, hay mayor interacción con ámbitos externos, un consumo creciente de cursos y carreras online, de modo que trasladarse a otro país para los jóvenes no es algo que toma la forma de migración como era en otras épocas”.

Sin embargo hay un hecho histórico reciente que dejó huella en la memoria colectiva argentina y resignificó la idea del salvarse: el éxodo masivo de jóvenes y la fuga de cerebros post 2001. En ese sentido la psicoanalista identifica que dicho acontecimiento “alentó a muchos jóvenes que hicieron sus familias aquí, a naturalizar la educación de los hijos pensada con miras a una migración futura. Los niños que nacieron desde el 2001 tienen hoy 19 años como máximo y  han crecido con la frustración de sus padres a cuestas, ya que se sumó la crisis económica mundial del 2008 y se terminó de configurar en el imaginario local una realidad compleja. Se instaló una cultura de la desilusión descontextualizada de un realidad mundial muy problemática”.

El mito del destino europeo

En su libro “Mitomanías Argentinas”, Alejandro Grimson señala que los mitos que nos construimos nos condicionan en la forma de vernos pero también al momento de proyectarnos en el futuro. La elite argentina pretendió edificar el país sobre una mitología soberbia utilizando la imagen del enclave europeo en América Latina o “La Argentina Potencia”. Tal como Arturo Jauretche identificaba a la dicotomía “civilización y barbarie” como la “Zoncera madre”, para Grimson aquel es el mito padre y el origen del malestar al pensar que en realidad “estábamos destinados a ser Europa”. “Se fue instalando la idea de que los argentinos teníamos un destino magnífico que no habíamos podido alcanzar, por alguna razón misteriosa o por culpa de tal o cual grupo. Cada década estábamos más lejos de aquella ilusión”, advierte Grimson.

La identidad argentina y el sentido común se ha creado mirando a Europa y dando la espalda a los países pares y sus culturas. La idealización de Viejo Continente que en las últimas décadas se ha extendido a Estados Unidos y toda la cultura occidental, funciona como dispositivo político de desencanto.  En ese sentido López Geist analiza que “lo que tiene mucha fuerza hoy es la construcción sistemática de la desesperanza por parte de empresarios de medios y algunos anti-líderes sociales que trabajan sobre la instalación de una desconfianza básica de todo proyecto que se presente como posible y beneficioso”. Por eso es importante subrayar que los fenómenos demográficos como las migraciones pueden estar  vinculados a procesos políticos coyunturales, pero sobre todo están plenamente anclados a procesos culturales y simbólicos de largo alcance.

El desempleo juvenil en Argentina

Las crisis económicas recurrentes, la búsqueda de oportunidades y el desarrollo profesional, son algunos de los motivos a la hora de emigrar. Las cifras actuales del mercado de trabajo muestran una situación preocupante y un estancamiento del empleo registrado. Según los últimos informes del INDEC, como efecto de las políticas del macrismo y luego la pandemia, el desempleo aumentó al 13,1%, y afecta a 2,3 millones de argentinos. No obstante en este marco el desempleo juvenil llegó al 25,3% cifra que es solo superada en la región por Brasil (27,4%) y Uruguay (27,1%), estadísticas de la OIT.

La juventud siempre es un momento de expansión, de pensar en el futuro. Se trata del momento vital donde se evalúan las posibles carreras, oficios, trabajos, la posibilidad de planificación familiar - expone Belén Igarzábal, Licenciada en Psicología, magister de Periodismo de la Universidad de San Andrés y directora del área de Comunicación y Cultura de FLACSO en Argentina - en contextos de incertidumbre esa planificación tambalea y en el marco actual, de mucha más inestabilidad y menos previsibilidad, aumenta la ansiedad, la angustia y las sensación de inseguridad”. Radicarse en otras latitudes aparece como una forma de encontrar trabajo, un mejor salario y cierta estabilidad.

La incertidumbre como disparador

La imagen publicitaria del éxito en el exterior genera dos efectos complementarios: la idealización de la experiencia de vivir en otro país, y la obsesión de culpar a la otredad cuando eso no ocurre. Algo como una épica individualista basada en la premisa de saltar el charco para llegar a la tierra prometida, cuyas condiciones sí le permitirán a uno ser lo que merece. Lo que se genera es un caldo de cultivo perfecto para la ebullición del desencanto: una realidad imposible para las mayorías que queda en el plano del deseo y la puesta en marcha de múltiples dispositivos de reproducción de emociones negativas sobre la Argentina.

Igarzabal relata que el ideal de la migración es creado por las fuentes de información de lxs jóvenes: relatos épicos de abuelos y familiares, historias de docentes y referentes, y principalmente de los medios de comunicación. “Desde la mayoría de los medios se está promoviendo la incertidumbre y el miedo. Abunda información sobre aspectos negativos del presente, pero sobre todo hacia el futuro, y esos componentes ayudan a idealizar la idea de la migración”, manifiesta Belén. Y agrega que los slogans como “Vamos a ser Venezuela”, usado de forma peyorativa; “Acá no hay futuro para los jóvenes”; o “los gobiernos son todos corruptos y nunca vamos a poder salir adelante”, minan la planificación hacia un futuro estable y se interponen en la práctica de establecer pautas, fases o pasos vitales posibles y concretos.

El karma de la inestabilidad y la sensación de vivir para trabajar

Natalia (38 años) es Socióloga (UBA) y vive en Berlín desde marzo de 2018 con Lior, su marido, con quien se casó para facilitar los papeles. Actualmente está haciendo una maestría en la Freie Universität Berlin y trabaja medio tiempo en una empresa alemana pero para el mercado español: “Antes de venirme tenía dos trabajos y otro por el que no cobraba nada, y cada vez me costaba más llegar a fin de mes. No tenía tiempo para nada, vivía para trabajar. Y quería probar qué tal estudiar afuera, era una cuenta pendiente. Y al respecto diré que la educación universitaria argentina es maravillosa” . Además recuerda que tomó la decisión durante el gobierno de Juntos por el cambio: “Nunca me voy a olvidar que decidimos venirnos el 25 de septiembre. Era paro general, estaba en casa y vi por la tele a Macri sacando a bailar a Lagarde (ex directora gerente del FMI). Nos miramos y dijimos ‘¿y si nos vamos?’".

Laura (29 años) es Licenciada en Comunicación Social (UBA) y vive en Barcelona desde mayo de 2019. En su caso lo que la movilizó fue el deseo de probar la experiencia pero alentada por la inestabilidad económica. “Me acuerdo cuando el dólar se disparó a 45 pesos en 2018 y fue la primera vez que me puse a llorar en el trabajo porque el dinero no me alcanzaba más que para pagar las cuentas. Trabajaba para vivir, pero vivía trabajando y realmente los espacios que yo más disfrutaba no los podía tener - relata Laura - Acá no está esa sensación de inestabilidad del contexto económico. La moneda vale siempre lo mismo, los precios no se disparan de un momento para el otro”.

El famoso “irse a para lavar copas”

La migración se presenta como solución individual a la desigualdad de oportunidades. Lo que no se muestra es que actualmente es un problema mundial que trasciende la Argentina y la región. Natalia cuenta que en Alemania fue muy difícil la inserción laboral: “Me costó un año insertarme. El idioma es una traba importante. Lo estudié, pero hablar me cuesta un horror. Y aunque acá te podés mover con el inglés, realmente no saber alemán te deja afuera de muchísimas cosas. El primer año fue difícil. Agarré un trabajo cualquiera vendiendo suvenires en la tienda de un museo para hacer algo mientras estudiaba el idioma y la pasé mal”. Algo similar le pasó a  Laura que apenas llegó buscó un trabajo no profesional para acomodarse y está hace unos meses sin suerte buscando laburo profesional e incursionando en el freelance: “Hay una gran nube de incertidumbre que no se sabe muy bien qué va a pasar. Es como que hay una ilusión de que hay laburo, pero al mismo tiempo no se mueve nada”, comenta. Además en relación al mercado laboral piensa que persisten prejuicios que pueden poner a lxs latinoamericanxs en desventaja frente a nativxs y europexs.

Tatiana (31 años) es rionegrina y Licenciada en Marketing. Está viviendo en Copenhague, Dinamarca, desde abril de 2019 con su pareja Martín, flamante marido con quien se casó allá para tramitar los benditos papeles.  En Argentina ambos tenían trabajo y lo que los incentivó a irse fue la posibilidad de viajar. Ella describe que allá es sencillo conseguir trabajo, pero en tareas no profesionales. “Yo estoy esperando la residencia por ende no puedo trabajar y estoy vendiendo empanadas con un micro emprendimiento. Martín está trabajando en un hotel haciendo tareas de limpieza”, explica. Reconoce, al igual que Laura, que existen actitudes discriminatorias hacia lxs extranjerxs, “tal como pasa en Argentina con lxs inmigrantes de Bolivia, Paraguay o Venezuela”. 

 

Los afectos y el desarraigo

Lejos de la intención de caer en el lugar común, todos los testimonios coinciden en que la mayor dificultad es la de estar lejos de los vínculos. “Hoy en día siento mucho el desarraigo, yo no me fui enojada ni escapé. Busqué un crecimiento personal. Tengo un amor profundo por mi país y mis afectos. Extraño el calorcito que uno siente cuando está en el lugar donde pertenece, los códigos comunes. Que no te entiendan los chistes es terrible. Es toda tu identidad. Volver me encantaría, pero no se si de forma permanente. El problema de irse también es que uno ya no sabe lo que será esa vuelta, las cosas que se van a movilizar”, revela Laura.

Tatiana se suma y dice que en Dinamarca lo más difícil es socializar, por el idioma y porque miran a lxs inmigrantes con distintos ojos: “Extraño un montón a mi familia y amigos. Acá se puede ganar algo en términos de calidad de vida pero el ritmo social y cultural es otro. Además el clima es muy difícil, por el frío y las pocas horas de luz en pleno invierno. Yo creo que en Argentina se idealiza lo que no se conoce. Cuando vivís afuera te das cuenta que los vínculos son lo más importante. Podés tener un mejor pasar económico o mas tranquilidad pero las costumbres, lo social, lo cultural es lo más importante”.

Natalia por su parte cuenta con nostalgia que extraña a su mamá, a sus amigxs de toda la vida, a sus perros, y sobre todo a River y el Monumental: “Vivir alejada de los vínculos es, por supuesto, lo más duro de emigrar. Las redes lo hacen más fácil igual, pero me faltan y no puedo vivir sin todo eso, así que sí: voy a volver. No sé cuándo todavía, pero Argentina es mi casa y sé que siempre va a tener un lugar para mí”, concluye.

El mito moderno del éxito europeo

Según una investigación del Instituto de Ciencias Sociales y Disciplinas Proyectuales (INSOD) de la UADE, en diciembre de 2019 el 75% de lxs encuestadxs, en promedio de 32 años, evaluó la posibilidad de abandonar el país durante el último año. “El imaginario argentino de cómo se vive en el extranjero se reduce a pensarse viviendo mejor o que todo es más fácil, y yo lo que he experimentado es que nadie te regala nada. Tenés menos privilegios, no tenés una red de contención, estas más solo, y eso tiene una gran dificultad - explica Laura sobre su vivencia - Uno se cree imaginarios de lo que no conoce, de lo que esta afuera, pero es una idealización”.

“Respecto de la idealización del vivir afuera, creo que parte del desconocimiento total o de un conocimiento parcial a través de ciertas experiencias individuales "de éxito" que muestran los medios. Es un toque peligroso escuchar ciertos discursos de gente que vive en el exterior y se erige como una especie de migrante-influencer, de europeólogo, sobre todo considerando que cada experiencia es un mundo y que los procesos objetivos y subjetivos de la experiencia son intransferibles -  cuenta Natalia - Por otra parte, en Argentina hay un sector que tiene un fuerte desprecio por lo nacional. Y los medios reproducen constantemente ese discurso y hacen mucho daño. Migrar está bueno, pero también por momentos es desgarrador. Lo que te perdés no vuelve”.

La migración como un tema político y colectivo

El escenario actual es impredecible y esta nueva etapa del neoliberalismo enfrenta a miles de millones de personas  a un sistema plenamente injusto y desigual. Muchxs jóvenes terminan viviendo en las mismas o peores condiciones materiales que en su país, y si es de forma ilegal en una situación de mayor precariedad.  Mientras, las políticas inmigratorias se endurecen, se prevé una precarización laboral a nivel mundial, y crece la xenofobia, situación que probablemente se incremente en la post pandemia. Es oportuno hacerse la pregunta sobre si existe realmente ese lugar de oportunidades y por qué los medios lo siguen vendiendo, y desmitificar la idea de progreso moderno eurocentrista que nos han hecho creer. Ya no existe en ningún lado. 

El recurso de idealizar la vida en otros países y descontextualizar el panorama, funciona como mecanismo para acrecentar las emociones de frustración con la política y lo colectivo. Es necesario advertirlo y desnaturalizarlo. Sin embargo esto no quita la responsabilidad que tiene el gobierno de Alberto Fernández de generar políticas públicas segmentadas, oportunidades laborales concretas y programas de desarrollo profesional que garanticen que las nuevas generaciones no sean excluidas del sistema ni se sientan expulsadas de su propia sociedad; y de la sociedad toda de elegir y acompañar proyectos políticos inclusivos con una mirada comunitaria y solidaria. Mientras los poderes concentrados reducen el tema de las migraciones a discusiones banales y oportunistas, es obligación del Estado transformar esta tendencia a través de la política.

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Fabiana Solano

Mi nombre es Fabiana Solano y tengo 34 años. Soy socióloga egresada de la UBA y casi Magister en Comunicación y Cultura (UBA). Digo ‘casi’ porque me falta entregar la bendita/maldita Tesis, situación que trato de estirar con elegancia. Nunca me sentí del todo cómoda con los caminos que me ofrecía el mundo estrictamente académico. Por eso estudié periodismo, y la convergencia de ambas disciplinas me dio algunas herramientas para analizar, transmitir, y explicar la crisis del 2001 en 180 caracteres. Me especializo en culturas y prácticas sociales, desde la perspectiva teórica de los Estudios Culturales. Afortunadamente tengo otras pasiones. Me considero una melómana millennial que aprovecha los beneficios de las múltiples plataformas de streaming pero si tiene que elegir prefiere el ritual del vinilo. Tengo un especial vínculo con el rock británico (siempre Team Beatles, antes de que me pregunten), que se remonta a mis primeros recuerdos sonoros, cuando en mi casa los domingos se escuchaba “Magical Mistery Tour” o “Let It Be”. Además soy arquera del equipo de Futsal Femenino de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), rol que me define mejor y más genuinamente que todo lo que desarrollé hasta acá. Por supuesto que la política ocupa gran parte de mi vida y mis pensamientos. Por eso para mi info de WhatsApp elegí una frase que pedí prestada al gran pensador contemporáneo Álvaro García Linera: “Luchar, vencer, caerse, levantarse, luchar, vencer, caerse, levantarse. Hasta que se acabe la vida, ese es nuestro destino”.