Jugador de fútbol de primera (integró los planteles profesionales de Vélez, Ferro, Argentinos Juniors, Barcelona (de Ecuador), Quilmes, Colón y Nueva Chicago, entre otros), Juan Manuel Herbella siempre supo que cuando su carrera en el alto rendimiento finalizara, quería dedicarse a la medicina del deporte. Mientras aún se desempeñaba profesionalmente en las canchas, estudió en la UBA, pero se encontró con una sorpresa: “Cuando era estudiante, yo sabía que iba a trabajar en algo de esto –cuenta–. Pero hice seis años en la facultad, entre 1995 y 2002, y no tuve una sola clase sobre el tema”.
Por eso, hace algo más de un año, junto con dos colegas, Eduardo Tondelli y Fernando Locaso, propusieron crear el Centro de Estudios del Deporte y la Actividad Física (Cedafuba), para “promover la implementación de programas y acciones enfocados en la praxis física, los análisis de performance, la prevención de lesiones y la adopción de hábitos saludables por parte de toda la comunidad universitaria a través de la investigación interdisciplinaria y la educación para profesionales y deportistas”. El Consejo Directivo de la Facultad lo aprobó y designó a Herbella como director interino.
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Hoy, el centro nuclea a diez profesionales que desarrollan varias líneas de investigación en salud y actividad física, como el desarrollo de herramientas y estrategias de prevención de lesiones, los determinantes sociales de la salud en el deporte, epidemiologia, sueño y rendimiento, evaluaciones funcionales en el adulto mayor y barreras de acceso a la práctica deportiva en barrios vulnerables, entre otras.
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Periodista, analista de fútbol en TV, médico del plantel de Huracán y docente universitario, Herbella destaca que, a diferencia de lo que le ocurrió a él, “ahora, a los estudiantes de medicina, el Cedafuba les organiza una rotación de prácticas finales obligatorias en ese club, estudian diagnóstico de lesiones y planes de alimentación saludable para el deportista, y cursan con kinesiólogos para adquirir conocimientos de rehabilitación y prevención. Todo esto es nuevo, antes no existía”.
Él ve como un avance especialmente positivo que hoy cada vez más personas estén tomando conciencia de la importancia de la actividad física para la salud y que las ciencias médicas le den un creciente valor preventivo al deporte. Durante décadas, la recomendación de "hacer ejercicio" fue una constante en el consultorio, con frecuencia indicada como una sugerencia amplia al final de una visita. Sin embargo, la evidencia científica acumulada en los últimos años viene transformando ese consejo de sentido común de una simple opción de estilo de vida en una intervención médica que puede ayudarnos a vivir mejor e incluso modificar la biología del envejecimiento en el nivel celular. Es más, especialistas como el español Mikel Izquierdo, catedrático de Educación Física y Deportiva del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Pública de Navarra y responsable del Grupo de Ejercicio Físico, Salud, Metabolismo y Capacidad Funcional en el Centro de Investigación Biomédica Navarrabiomed, afirman que "hay que tratar el ejercicio como un fármaco". En la práctica, esto implica abandonar el consejo genérico de "muévase" o "camine 10.000 pasos" y pasar a un concepto en el que se prescriba en dosis específicas, con objetivos claros, y en el que se haga un seguimiento como cualquier otro tratamiento farmacológico.
“Ya hace años que numerosos trabajos muestran los beneficios de la actividad física –explica Herbella–. Incluso se mostró que haber hecho deporte de alto rendimiento en la infancia se asocia con mayores problemas osteoarticulares, pero menor tasa de mortalidad cardiovascular [la primera causa de muerte en Occidente]”.
Pero aunque la conciencia de que es imprescindible moverse ya está muy extendida, el especialista contradice algunos mitos ampliamente difundidos. “El consejo de caminar 30 minutos por día es una forma de cuantificar cuánto es lo mínimo que uno debería moverse –comenta–. En general, se calculan 150 minutos de actividad moderada a vigorosa cinco veces por semana. Es la recomendación que hace la Organización Mundial de la Salud para la población adulta. Pero tal vez no sea la más indicada en el corto plazo".
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“Las actividades aeróbicas (como la caminata) –continúa Herbella–, es conveniente practicarlas por encima de cierto umbral, que es individual. El objetivo es que generen una cierta deuda de oxígeno (es decir, que uno no puede estar caminando y hablando, por ejemplo), que presente una exigencia. ¿Cuál es el límite de cada uno? Una persona que no hizo nunca nada, puede recorrer al trote una cuadra y ya se va a ahogar. Otra que siempre hizo actividad física, puede hacerlo sin problemas. Pero la actividad debería hacernos transpirar y generarnos una deuda de oxígeno, porque un mayor consumo de oxígeno mejora la salud metabólica. Tiene impacto tanto en los triglicéridos [grasas cuyo exceso aumenta el riesgo de enfermedades cardíacas], como en el HDL [colesterol ‘bueno’], en la regulación de la glucemia... Al generar una actividad muscular con deuda de oxígeno, aumenta la capilaridad de los músculos, mejora el flujo sanguíneo, desciende la presión y ocurren muchos efectos metabólicos positivos. Y ese aumento de la capilaridad no solo tiene efectos benéficos en los músculos, sino también en el cerebro. Distintos trabajos muestran que las personas con mejor consumo de oxígeno también tienen menos riesgo de sufrir enfermedades neurodegenerativas, porque aumenta la vascularización del cerebro”.
Para elegir qué actividad física conviene realizar, Herbella sugiere identificar qué tipo de capacidad básica uno quiere estimular. “Está comprobado que los ejercicios de fuerza mejoran la masa muscular, la capacidad para la vida diaria cotidiana (pararse y sentarse, subir escaleras, alzar a los nietos) –ilustra–. Eso se puede lograr yendo al gimnasio, con pilates, con un arte marcial, con crossfit. Todo lo que tienda al desarrollo de la hipertrofia muscular. Por el otro lado, está el aumento de la elasticidad, de la flexibilidad muscular, que lo da el yoga, los ejercicios de stretching, el tai chi. Con estas disciplinas no se busca aumentar la fuerza a partir de la hipertrofia concéntrica, sino a partir de la elongación del músculo y la generación de más filamentos contráctiles. Otra meta es la ‘propiocepción’ [el sentido que le permite al cerebro conocer la posición, movimiento, fuerza y ubicación de cada parte del cuerpo en el espacio sin usar la vista], que se puede mejorar haciendo ejercicios de estabilidad, con el ‘bosu’ [semiesfera de entrenamiento funcional diseñada para trabajar el equilibrio], con bandas elásticas...”
Acerca del “running”, que moviliza multitudes, subraya que su práctica depende del biotipo de la persona y que lo ideal es hacerlo bajo supervisión especializada. “A mí siempre me gustó el deporte –cuenta–. Así que cuando me retiré del fútbol, me dije que iba a correr la maratón de Buenos Aires. Seguí entrenándome y me anoté para la media maratón. Hice un tiempo fantástico: una hora y 32 minutos. Llegué a mi casa y a las dos horas hice una sinovitis reactiva bilateral [inflamación de la membrana sinovial en ambas articulaciones, que provoca dolor, rigidez, aumento de temperatura]. Claro, mi cuerpo no estaba preparado para correr durante tanto tiempo sobre una superficie dura. Está comprobado que ese impacto no es para cualquiera; que a más peso, más sufren las articulaciones, huesos y tendones. Pueden presentarse fracturas por stress, tendinitis… Además, influye la técnica que uno tenga. Hay personas que se pasaron 10 años corriendo y hoy pueden tener un desgaste de sus articulaciones similar al de un deportista profesional”.
Y concluye: “Lo importante en el momento de elegir una actividad física es tener un ‘menú’ mixto: no solo salir a caminar, solo correr, solo ir al gimnasio o solo hacer pilates. Cada una actúa como un estímulo específico sobre alguna de las capacidades básicas que necesitamos preservar para mantenernos saludables. Por un lado la fuerza, por el otro lado, el sentido propioceptivo y por otro, la capacidad aeróbica. Con los recaudos del caso, lo lógico es que si una persona incrementa sus niveles de actividad física en forma progresiva, va a mejorar sus patrones metabólicos, su salud mental, porque va a liberar endorfinas, va a tener mayor flujo sanguíneo a nivel cerebral, mejores valores de glucemia… Y eso vale para todas las edades".
