“Estaba viviendo un infierno. El alcohol es el diablo mismo”, confirma Ernestina Pais en diálogo con El Destape a raíz de su vuelta al teatro luego de su última internación, para tratar su adicción al alcohol. La actriz y conductora es una de las figuras de El divorcio del año, nueva comedia dramática de José María Muscari y Mariela Asensio que sigue la historia de la separación de una familia y cómo esa crisis repercute en sus frágiles estados emocionales. Son personajes odiables, monstruos sociales sin herramientas para lidiar con sus problemas.
En una entrevista íntima, Ernestina Pais habla de su resurgimiento tras uno de los períodos más difíciles de su vida, repasa su historia y grandes momentos de su trayectoria en los medios.
¿Te costó decirle que sí a Muscari?
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- El divorcio del año es una obra que aborda temáticas muy cercanas a mi vida. Cuando Muscari me la acercó, yo cumplía un año y tres meses desde que estuve internada por un grado muy complejo de adicción al alcohol. Lo pensé mucho antes de aceptar porque si bien llevaba limpia un tiempo, tuve una adicción funcional: no dejaba de trabajar por más que a la noche consumiera alcohol. Y volver a la noche era un riesgo. Pero bueno, estaba parada sobre mi tratamiento y cuando estás en tratamiento no hay nada que temer.
Es la segunda vez que José María apuesta por mí en momentos complicados de mi vida. Él tiene una humanidad muy grande.
El personaje que interpretás es una adicta al alcohol. Osado…
- Hago de una persona que bebe en el escenario. De hecho, una vez en los ensayos habían puesto una botella que era de verdad. Cuando llegué y vi la botella, dije: "Chicos, esto es una trampa mortal" (se ríe). Ahora me pasa que cada función camino hacia esa botella, la agarro y vuelvo a generar la memoria emotiva de cuando yo tomaba, pero lo hago con la tranquilidad de que esa batalla la vengo ganando.
¿Te da miedo la posibilidad de una recaída?
- Por supuesto. Y si no lo tenés, estás loco. La internación que tuve fue un proceso distinto al de mucha gente en recuperación, porque a mí me agarraron de los pelos, mi familia me judicializó y vino a buscarme una ambulancia con un patrullero para llevarme dado que me encontraba en un grado lamentable. Antes había tenido episodios serios y muy conocidos, como cuando me caí de una escalera y me quebré un brazo. Por eso los medios le echaron la culpa a mi hijo.
Los borrachos no morimos heroicamente, sino que morimos por dejar el gas prendido, cruzando mal una calle o por accidentes doméstico. Y yo venía mostrando señales de que la cosa iba a terminar mal. Así fue que se me puso la carátula de figura peligrosa para sí y para terceros, y se me internó. Durante esos meses fue muy fácil no consumir… el tema es qué pasa cuando salís y te encontrás con el mundo real.
Vivimos en un país donde hay mucha cultura de consumo de alcohol..
- Ahí empieza la verdadera lucha. Encima yo tengo un restaurante desde hace 27 años, Milion, así que convivo diariamente con el alcohol. La tentación siempre está, sobre todo cuando voy a comer con amigos y hay cervezas en la mesa.
Estoy en contra de la frase esa de que “la recaída es parte del tratamiento”. No tiene por qué y ojalá que no sea parte del tratamiento, pero sí está la puerta abierta a que eso ocurra siempre. La verdad es que me está haciendo muy bien hacer esta obra.
¿Creés que a través de la comedia es más sencillo hablar de temas de salud mental?
- Es catártico, incluso para nosotros como actores. La depresión de los hijos, uno de los focos centrales de la obra, y los padres ausentes en el acompañamiento son, particularmente, las cuestiones que más interpelan emocionalmente en el público.
El personaje de Rochi (Igarzábal) está acompañado de una desazón… En un momento determinado dice la frase “quiero desaparecer” y cada vez que lo hace me conmueve, porque cuando estaba sumida en el alcohol lo único que quería era no estar acá. No decía “me quiero matar” o “me quiero suicidar”, yo quería desaparecer. Y es muy loco porque mi viejo desapareció en la última dictadura.
¿Quiénes fueron tus sostenes cuando tocaste fondo y pensaste en “desaparecer”?
- La verdad es que tengo una familia muy pequeña, bastante atomizada, porque las tragedias no son gratuitas y lo que pasó con mi viejo fue terrible. Entonces cada uno procesó las cosas de distinta manera. Quedamos mi mamá, mi hermana y yo, así que generé enormes lazos de amistad con mis amigos. Todos ellos fueron mi sostén en esos momentos, pero también llegó un punto en el que dijeron: “no podemos con esto”. Me acuerdo que una hermosa amiga mía, María Carámbula, un día me confrontó: “Ernes, yo te amo y sos una de mis mejores amigas, pero no puedo ser tu enfermera cada vez que salimos o no saber si vas a llegar viva a tu casa”.
En el momento de judicializar mi situación los únicos que podían hacerlo eran familiares directos y la que firmó fue mi vieja, pero la decisión y la acción de poner abogado, denuncia y juzgado fue responsabilidad del papá de mi hijo con mi hijo.
¿Tu hijo te reprocha por ese momento de tu vida?
- Todo el tiempo. ¿Para qué tenemos hijos si no es para que nos digan de todo? (se ríe). Siempre fui una madre presente hasta que tuve mi período de alcoholismo. Ahí fui un desastre y como mamá lo debí avergonzar en millones de situaciones… Creo que mi hijo llegó a un momento de su vida en que está en su responsabilidad ver qué hace con eso, porque tampoco tiene sentido estar toda la vida echándole la culpa a los padres. Falta de amor no tuvo nunca. Si le pasa algo debería laburarlo como hice yo, que me hice cargo de que era adicta y me interné. Y me sigo haciendo cargo.
Si yo hubiera entendido que el alcohol era una automedicación para mi depresión, hubiera ido a un psiquiatra y le hubiera dicho, "che, me siento deprimida". Pero no sabía que estaba deprimida, porque nunca dejé de laburar, nunca dejé de generar, nunca dejé de estar. Lo que me pasaba es que no me bancaba estar conmigo cuando terminaba de producir. Y ahí chupaba.
¿Qué fue lo primero que sentiste cuando saliste de la internación?
- Una mezcla de cosas. A mí la internación me encantó, es una cosa rarísima (se ríe). Venía muy desbordada y que de golpe alguien me dijera "no te preocupes, acá te vamos a dar la medicación correspondiente y no vas a poder salir, con lo cual no tenés riesgo", me tranquilizó. Fue saber que tenía una nueva oportunidad. Una internación hoy es un privilegio, más en este contexto donde se denosta tanto la salud mental y donde faltan lugares de tratamiento porque no hay presupuesto. Si no aprovechaba esa oportunidad, era una boluda.
Cuando salí estaba muy envalentonada, venía con todas las herramientas del tratamiento y pensaba que iba a ser fácil. El tema es cuando pasa el tiempo y está la tentación de correr límites. Gente como yo no puede tomar más.
¿Qué sentís como ciudadana cuando desde el Estado se desprecia a la salud mental y a los médicos?
- Mucho dolor. Lo primero que me gustaría decir es que debería haber conciencia de que un país que no trata la salud mental de sus ciudadanos, está condenado a los problemas. Lo que estamos viendo estos últimos años en los aumentos de casos de suicidio, violencia familiar y peleas callejeras es producto de la desatención de la salud mental. Un país que no impulsa políticas de prevención, no es inteligente.
Lo doloroso es que Milei es un tipo sádico que cumplió su promesa de antes de asumir: el que no rinde es descartable. Lamentablemente hay gente que votó eso. El tema de la salud mental es una pandemia y estamos perdiendo a una generación entera con depresiones y fantasías de suicidio a muy temprana edad.
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La historia de su papá durante la última dictadura y el éxito de su dupla con Jorge Guinzburg
Un par de preguntas atrás mencionaste a tu papá, desaparecido y asesinado durante la última dictadura cívico militar. ¿Cómo fue crecer en ese contexto?
- Mi mamá era bailarina y mi papá era un tipo brillante. Se enamoraron en la Universidad de La Plata y mi mamá no dimensionaba lo que podía llegar a pasar en los ‘70 hasta que estalló la dictadura en una década muy violenta en general. Las dinámicas familiares de ese momento eran violentas, yo viví en una casa con una historia violenta y a los 4 años sufrí la desaparición de mi papá.
A los 6 hice una parálisis histérica y no caminé, porque me era muy difícil procesar que mi papá había desaparecido. No era que estaba muerto, sino que no sabía dónde estaba. Fue muy difícil y me faltaron herramientas emocionales para trabajar eso. Después, se construyó una imagen idílica de mi padre y yo tuve que romper un poco con eso. Para mi discurso con respecto a los derechos humanos yo tengo una imagen de mi padre, pero en mi casa tengo muchas otras preguntas para hacer. ¿Voy a cuestionar a mis viejos toda la vida? No, pero son temas que tengo que solucionar de alguna manera.
¿Hablaste de esto con otros hijos de desaparecidos?
- Sí, todos pasamos por ese momento. Todos en algún momento tuvimos un cuestionamiento hacia nuestra historia como hijos. No como defensores de derechos humanos, que es otra cosa.
Mi mamá es una persona muy negadora y en mi casa siempre hubo una imagen perfecta de mi padre. Pero después, cuando hablaba con mis tíos, me encontraba con un padre más humano, con errores y aciertos. No está bueno criarse con una imagen impoluta de un padre que, en definitiva, eligió una militancia por sobre su vida familiar.
¿Cómo contuviste toda esa historia personal durante los años que trabajaste en El Trece?
En ese momento no eran tan jodidos y Jorge (Guinzburg) hacía lo que se le cantaba. Era un tipo brillante en muchos sentidos, porque dibujaba todo tan bien que los del Grupo Clarín no se daban cuenta de que estábamos hablando de cosas serias, te lo juro.
Nos pasó una vez en una discusión sobre la soja y el campo: yo propuse una nota a Alfredo De Ángeli, que en ese momento la jugaba de pobre campechano que luchaba por los derechos de los chacareros, y lo que hice fue que el tipo me contara desde cuánto sale la semilla hasta el final del proceso y cuánto se quedaba. Hice las cuentas con una calculadora al aire, ¿y sabés cuánto ganaba? 300 mil dólares por mes, una barbaridad. Esa entrevista expuso que De Ángeli no era ningún pobre chacarero. Creo que de eso se trata el periodismo, de encontrar la manera de decir las cosas.
¿En qué contexto conociste a Jorge Guinzburg?
- Yo era dueña de la revista Los Inrockuptibles y mi hermana Federica ya trabajaba en la televisión, en el programa Perdona nuestros pecados. Jorge se divertía mucho con ella y cuando escuchó que Federica tenía una hermana, pidió mi teléfono y me llamó para ofrecerme trabajo. Al principio fui una pelotuda importante y le dije que hacía una revista de cine y no daba para la tele, pero Jorge me dijo que no sea prejuiciosa y me pidió una nota para probar. “Tranquila que si no te gusta, no sale al aire”, me dijo. La cuestión es que hice la nota para La Biblia y el Calefón, y a los 15 días me llamó para decirme: “Lo que hiciste es una mierda, pero me encantó”. Ahí aprendí que podía ser yo en cualquier contexto, aún conduciendo para el Grupo Clarín.
Su muerte fue un golpe duro para la televisión…
- Murió el 12 de marzo del 2008, el día de mi cumpleaños. El ya no venía a Mañanas Informales fijo y regular desde julio del año anterior, solo venía a grabar algunas notas para el final del programa y se volvía a ir. Todo ese tiempo yo seguía sin tener herramientas emocionales así que negué que Jorge se iba a morir. Lo negué, para mí se iba a curar. Cuando me enteré de su muerte estaba en el canal y fue como un baldazo, no lo podía procesar porque no me había preparado para esa muerte.
¿Tuviste que dar la noticia?
Por suerte no. Faltaban cuatro días para el estreno de esa temporada y desde el canal me dijeron: “Tenés que conducir sin Jorge”. Fue una cosa de locos.
Todo el año anterior yo salía de hacer el programa en el canal y me iba a lo de Jorge para escuchar su devolución. Fue así hasta su final. Hoy veo la televisión y faltan tipos como Jorge, que fue un visionario que hacía que todos a su lado pudieran lucirse. Yo lo amo con mi alma.
- El divorcio del año, de José María Muscari y Mariela Asensio puede verse de miércoles a domingos en el Multiteatro (Avenida Corrientes 1283, CABA). Entradas en venta en Plateanet y en boletería del teatro.
