En las facultades de ciencias económicas conviven generalmente tres carreras principales, Contador, Administración y la licenciatura en Economía. En principio, son una mezcla rara en cuanto a destino profesional. Las dos primeras son técnicas y hasta no hace mucho se las consideraba carreras de ascenso de clase, en tanto garantizaban salidas laborales rápidas y bien remuneradas. La última es una ciencia, con su correspondiente teoría, y con una valorización laboral más difusa. Quienes la estudian proyectando que se enriquecerán en los mercados de valores son seguramente los menos. El impulso general de los estudiantes suele ser más diletante: comprender el mundo y, en el camino, descifrar los arcanos escondidos detrás de números y gráficos. Además de quienes buscan comprender, también están quienes siguen la famosa tesis de Marx sobre Feuerbach, aquello de que al mundo no alcanza con comprenderlo, sino que “de lo que se trata es de transformarlo”. Para la mayoría, no obstante, comprenderlo ya es un desafío, en particular en contextos de grandes transformaciones y aceleración evolutiva.
Los problemas para los estudiantes aparecen cuando ya está dentro de la carrera, cuando ya hay costos hundidos en el baile. Luego de atravesar las materias comunes, se encuentran con que las herramientas convencionales de la economía y quienes se las enseñan, otros economistas, parecen corresponder a una realidad paralela y, por cierto, bastante alejada de la voluntad inicial de comprender el mundo. Sobre esta comprensión, y especialmente sobre el herramental que demanda, existe un párrafo muy citado de John Maynard Keynes, probablemente el economista más brillante del siglo XX, que resume las capacidades que, a su juicio, debían reunir sus colegas. Decía Keynes: “El economista debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo, en cierto grado. Debe comprender símbolos y hablar con palabras. Debe contemplar lo particular en términos de lo general, y tocar lo abstracto y lo concreto en el mismo vuelo del pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz del pasado con vistas al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre ni de sus instituciones debe quedar completamente fuera de su atención. Debe ser deliberadamente práctico y deliberadamente desinteresado; tan apartado y tan incorruptible como un artista, pero a veces tan cercano a la tierra como un político.” Nada menos.
Agreguemos a continuación que el Presidente Javier Milei tiene título de Economista. También que se parece mucho más a la media de sus colegas que al ideal de capacidades del gran economista de Cambridge. Esa media refiere a que los razonamientos de fondo que resumen la visión sobre el comportamiento humano y las instituciones son la utilidad y la maximización. Los conocimientos matemáticos no suelen superar los garabatos que permiten explicar el movimiento de algunas curvas en el plano. Luego, “la luz del pasado” proviene, para el caso local, de los lugares comunes sobre la mitología del bienestar agroexportador del primer centenario, “edad de oro arruinada por el populismo peronista”. El corpus teórico se resume en la visión contable sobre el comportamiento de los déficits, a lo que se agrega la regla de que el Tesoro por ningún motivo debe financiarse desde el Banco Central, organismo independiente cuya tarea se limita a regular la cantidad de dinero. La máxima fiscal es que el déficit sólo se corrige por el lado del gasto, ya que, por el lado tributario, todos los impuestos son “distorsivos” y atentan contra la competitividad de las empresas. La cuestión cambiaria es solo un problema de precios y la inserción internacional se define por el libre comercio entendido como apertura total. Finalmente, el mundo del trabajo es un mercado más, no presenta asimetrías de poder y sus regulaciones deben desaparecer. Asumidos estos axiomas --el Gasto es déficit, los impuestos son malos, la inflación es solo monetaria, la protección comercial es una herejía y el del trabajo es un mercado más-- ya se está listo para salir al ruedo y para ser considerado “un economista serio”. Agréguese que cuanto más ortodoxo se muestre en defensa de estos axiomas, más serio será considerado. Los terraplanistas económicos son siempre los otros.
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Todo lo dicho parece una introducción demasiado larga, pero es indispensable para abordar la mala praxis económica del presente. Sucede que, casi como nunca, el gobierno aplica a rajatabla los axiomas de “los economistas serios”. El “casi” indica que no es la primera vez. Muchos de las máximas ya se aplicaron durante gestiones de gobiernos anteriores, como los de la última dictadura, Carlos Menem, Fernando del la Rúa y Mauricio Macri. Y ya que se lo cita, el gobierno de Javier Milei cumple el sueño del “segundo tiempo” que nunca llegó de Mauricio Macri: “hacer lo mismo, pero más rápido”.
Repasemos brevemente. La actual administración juraba el dogma de la inflación monetaria, pero, una vez más, volvió a resultar evidente que se trataba de un fenómeno cambiario, de precios básicos (lo que no significa la inexistencia de relación entre lo monetario y lo cambiario, pero es otro debate). La principal ancla antiinflacionaria fue el tipo de cambio. Pero dado que el tipo de cambio apreciado no refleja la verdadera productividad de la economía, su contrapartida fue el endeudamiento para conseguir los dólares que permitieron sostener la cotización. El primera conclusión preliminar es que la estabilidad cambiaria relativa del presente se mantendrá mientras ingresen los dólares que la economía local no produce.
Sin embargo, como a pesar del esfuerzo (y el inmenso costo en endeudamiento) el tipo de cambio igual se deslizó, el pasaje a precios fue inevitable, aunque más lento que en contextos anteriores debido al estancamiento del PIB (el crecimiento de 2025 fue mayormente arrastre estadístico por el buen comportamiento de la última parte de 2024). Frente a ello, la dupla Milei-Caputo optó por profundizar en el axioma de la apertura comercial. En una economía con precios altos en dólares como consecuencia del ancla cambiaria, importar contiene precios internos porque los productos importados resultan más baratos. Esto es con prescindencia de la productividad y la competitividad, que quedan distorsionadas por el tipo de cambio, es decir por el dólar barato. Pero el costo de contener precios por la vía de la apertura importadora es inmenso: la imposibilidad de la producción local de competir con la importada. El resultado es el cierre de empresas, la pérdida de empleos de calidad, más cuentapropismo de plataformas, caída promedio de ingresos y vuelta de tuerca sobre el estancamiento.
En una economía sin restricciones cambiarias, sin cepo y ancla cambiaria, el ajuste que frenaría las importaciones sería la devaluación. Dicho de otra manera, la suba de importaciones significa menos divisas en el mercado interno y la tendencia a un dólar más caro, lo que encarece las importaciones y las frena. Pero como existe el cepo, el ajuste que predice la teoría convencional no se produce. El único resultado es el deterioro del mercado laboral y la contracción de la actividad. La segunda conclusión preliminar, como todavía la economía no genera los dólares necesarios, es un escenario de continuidad de la inflación con estancamiento, es decir de estanflación.
Como todo lo descripto son dinámicas que ya se produjeron en la historia reciente, por ejemplo durante la segunda mitad de la década del ’90, puede predecirse que también se repetirá el proceso político. Para la porción de la población con ingresos por encima de la canasta básica, el dólar barato y la estabilidad relativa tienen un efecto ingreso positivo. El resultado ya se vio en las elecciones intermedias. LLA absorbió el voto del macrismo y de los sectores de mayores ingresos, dos conjuntos superpuestos, y los perdió en las periferias urbanas empobrecidas. En el sistema político local las elecciones presidenciales pueden ganarse en primera vuelta con entre el 40 y el 45 por ciento de los votos dependiendo de la diferencia con el segundo. Es probable que si se mantiene el apoyo de la potencia hemisférica, en el próximo año y medio el gobierno pueda sostener el actual statu quo económico, lo que le aseguraría la reelección. Cualquier fuerza que se le oponga puede descontar el apoyo de los desfavorecidos del presente, pero este conjunto no alcanza si no se puede sumar también a una porción de la población que hoy está mejor con el mileísmo y a la que será necesario convencer. La tercera conclusión preliminar es que un eje unificador para la oposición futura puede ser un concepto algo olvidado por el discurso político: la producción, el principal déficit del presente.
